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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.38

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Mas Nic le miró con tal resolución, que el poltrón no creyó oportuno quedarse atrás.
El doctor Patak aún tenía una última esperanza: que Nic no tardaría en extraviarse en
aquel laberinto de bosques donde nunca había prestado servicio; mas el doctor no contaba
con ese olfato maravilloso, ese instinto profesional, aptitud animal, por decirlo así, que
permite guiarse por los menores indicios, tales como la dirección de las ramas, el desnivel
del terreno, el color de las cortezas, los variados matices de los musgos, según estén a los
vientos del Sur o del Norte, Nic Deck era experto en su oficio, y tenía una sagacidad muy
superior para no perderse nunca, ni aún en los puntos desconocidos para él. Hubiese sido
digno dicípulo de un Bas-de-Cuir o de un Chingakook al través del país de Cooper.
En verdad que el atravesar aquel bosque iba a ofrecer serias dificultades. Olmos, hayas,
algunos erables, de los llamados plátanos falsos, y seculares encinas, ocupaban los
primeros planos hasta la zona de los abedules, pinos y abetos, amontonados sobre las
altas cimas, a la izquierda de la garganta del Vulcano. Aquellos árboles magníficos, con
su poderosos troncos, sus ramas henchidas de savia nueva, su ramaje espeso,
entremezclándose unos con otros, formaban una verde cortina, que los rayos del sol no
podían penetrar.
No obstante, el paso pudiera ser relativamente fácil encorvándose bajo las ramas. Pero
¡qué trabajo hubieira sido preciso para quitar los múltiples obstáculos que el suelo
presentaba, para limpiar todo aquello de plantas espinosas, de ortigas, de zarzas, de
cardos y escaramujos, a pesar de ser tan frágiles que al más leve esfuerzo se arrancan!
Nic Deck no era hombre que se inquietase, y supuesto que atravesando el bosque se
ganaba mucha distancia, no se ocupaba gran cosa de los arañazos.
En tales condiciones, la marcha forzosamente había de ser lenta, lo que contrariaba
mucho a Nic Deck y a su compañero, que se proponían llegar al castillo aquella misma
tarde. De esta suerte, tendrían suficiente luz para efectuar su visita y estarían de vuelta en
Werst antes de la noche.
El guardabosque abríase paso con el hacha por aquella maleza espesa, erizada de
pinchos como bayonetas, y donde el pie encontraba un terreno desigual y escabroso, lleno


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