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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.36

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-¿Y tú piensas, le dijo el doctor, que si te sucediese una desgracia ¡iba yo a salir ileso?
-Ileso o no, habéis prometido ir al castillo, y vendréis, puesto que yo voy.
Las gentes de Werst, comprendiendo que no podía tener ya pretexto alguno, habían
dado la razón al guardabosque; era mejor que Nic Deck no se aventurase solo en aquel
lance. Así, pues, el despechado doctor, convencido de que ya no podía retroceder, lo que
hubiera sido comprometer su situación en el pueblo, máximo después de de sus
balandronadas de costumbre, se resignó con el espanto en el alma, pero con el firme
propósito de aprovechar el menor obstáculo del camino para obligar a su compañero a
volver atrás.
Nic Deck y el doctor Flatak partieron. El Sr. Koltz, el maestro Hermod, Frik y Jonás
fueron acompañándoles hasta el recodo de la carretera, donde hicieron alto.
En aquel punto, el Sr. Koltz, con su anteojo, del que ya no se separaba dirigió su mirada
al castillo. Ningun humo se percibía en la chimenea del torreón; y en aquella hermosa
mañana de primavera hubiera sido fácil advertirle, destacándose en el puro color del
horizonte. ¿Sería acaso que los naturales o sobrenaturales huéspedes del castillo habían
desertado al ver que el guardabosque no hacía caso de sus amenazas? Así lo pensaron
algunos, lo cual era una razón decisiva para augurar el buen éxito de la expedición.
Después de las naturales despedidas, Nic Deck, arrastrando consigo al doctor
desapareció en la revuelta de la montaña. Iba el joven en traje de viaje, con gorra de
galón de ancha visera, chaqueta con cinturón, y pendiente de éste el cuchillo, pantalón
hombacho, botas herradas, cartuchera y la carabina al hombro. Tenía justa fama de ser un
hábil tirador, y como a falta de aparecidos podían encontrarse con algunos bandidos de
las fronteras, o, en defecto de bandidos, algun oso mal intencionado, era muy prudente
apercibirse a la defensa.
El doctor, por su parte creyo oportuno armarse con un viejo pistolón de chispa, que de
cada cinco tiros erraba tres. También llevaba un hacha, que su compañero le había dado
para el caso probable de tener que abrirse camino por entre los espesos matorrales del
Plesa. Iba cubierto con el ancho sombrero propio de los campesinos, bien abotonado el


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