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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.32

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palabras.
-Vamos, ¿no lo habéis dicho mil veces? insistió el maestro.
-Sí que lo he dicho. ¿Se trata de que lo repita?
-Se trata de hacerlo, dijo Hermod.
-¿Hacerlo?
-Sí. Y ya no es desafiaras, sino rogáros, añadió el señor Koltz.
-Ya comprendéis, amigos ... Ciertamente... Esa proposición ...
Entonces dijo el posadero:
-Bien, puesto que vaciláis, no os lo rogamos; os desafiamos a que lo hagáis.
-¿Me desafiáis?
-Sí, doctor.
-Jonás, vais demasiado lejos, repuso el biró. No es preciso desafiar a Patak. Sabemos
que es hombre de palabra y que cumple lo que dice, aunque no sea más que por prestar
este servicio al pueblo y a todo el país.
-¡Cómo! ¿Pero es en serio? ¿Queréis que vaya al castillo de los Cárpatos? repuso el
doctor, cuya faz rubicunda se había tornado -pálida.
-No podéis excusaros, respondió categóricamente Koltz.
-Yo os suplico, amigos, os suplico que razonemos, si queréis.
-Todo está razonado respondió Jonás.
-Pero no seamos locos. ¿Qué voy a conseguir con ir allí? ¿Qué voy a encontrar? Alguna
buena gente que se ha refugiado en el castillo, y que a nadie incomodo.
-Pues bien, replicó el maestro de escuela; si son buenas gentes, nada tenéis que temer, y
así tendréis ocasión de ofrecerles vuestros servicios.
-Si tuviesen necesidad de ellos, si me llamasen, yo no vacilaría en ir al castillo; pero yo
no visito gratis.
-Se os pagará vuestra molestia a tanto la hora, dijo el juez.
-¿Y quién me la pagará?
-Yo... Todos. Al precio que queráis, respondió la mayor parte de los parroquianos de
Jonás.
Evidentemente, y a despecho, de sus constantes fanfarronadas, el doctor era tan
supersticioso como cualquiera otro de sus paisanos de Werst; pero ya una vez puesto en
cierta disposición de ánimo y después de haberse mofado de las leyendas del país,
encontrábase muy comprometido ante el servicio que de él se esperaba; era una situación
difícil. Y, sin embargo, aunque fuese al castillo y le remunerasen la molestia, aquello no
podía convenirle de modo alguno. Procuró sacar partido de este argumento: que su visita
no tendría resultado, que el pueblo se cubriría de ridículo delegándole a él para explorar
el castillo.
Sus argumentos promovieron más discusión.
-Me parece, repuso el maestro, que supuesto que no creéis en los espíritus, nada
arriesgáisen la visita.
-¡Yo qué he de creer en eso!


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