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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.30

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haber pensado en refugiarse en el castillo, y con qué intención y de qué manera habrían
llegado?
-¿Qué queréis, pues, que sean? exclamó Kcdtz.
-¡Seres sobrenaturales! exclamó -el maestro con imponente voz. ¿Por qué no han de ser
espíritus, fantasmas, duendes? Acaso algunos de esos peligrosos monstruos que se
presentan bajo la forma de hermesas mujeres...
Y mientras el maestro iba haciendo esta enumeración, todas las miradas se fijaban en la
puerta, en las ventanas, en la chimenea de la sala de la posada del Rey Matías, y cada uno
se preguntaba si acaso iba a ver aparecer alguno de aquellos fantasmas que el maestro
había evocado.
-Sin embargo, amigos, observó Jonás, si esos seres son espíritus, no me explico para
qué han encendido fuego; porque ¿qué van a guisar?
-¿Y sus sortilegios? respondió el pastor. ¿Olvidáis que el fuego es necesario para ellos?
-Evidentemente, añadió el maestro, con un tono que no admitía réplica.
Aquella idea fue aceptada sin oposición. Era opinión unánime que no humanos, sino
espíritus, habían elegido el castillo de los Cárpatos para teatro de sus operaciones.
Hasta aquí Nic Deck no había tomado parte en la conversación. El guardabosque se
limitaba a escuchar atentamente lo que unos y otros decían. El vicio castillo feudal, con
sus misteriosos muros, le había siempre inspirado tanta curiosidad como respeto. Y como
era hombre valiente, por más que muy crédulo, como buen habitante de Werst más de
una vez había manifestdo deseos de franquear la antigua muralla.
Ya se comprenderá que Miriota habíale hecho desistir de tan aventurado proyecto. Si él
hubiese sido libre, pudiera haber satisfecho su deseo; pero un novio no se portenece, y
aventurarse en tales hazañas, hubiese sido obra de un loco, no de un enamorado.
Sin embargo, no obstante sus súplicas, Miriota temía siempre que el guardabosque
pusiera en elecución su proyecto. La tranquilizaba el saber que Nic Deck no había
declarado formalmente que iría al castillo; porque de haberlo declarado, nadie tendría
bastante imperio sobre él, ni aun ella. Y lo sabía muy bien: Nic era un mozo resuelto que
jamas volvía sobre su palabra: cosa dicha, cosa hecha. Así, pues, Míriota hubiera estado
en brasas de sospechar las ideas que en aquel momento cruzaban por la mente del joven.
Nic Deck guardó silencio, y nadie aceptó la proposición del pastor.


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