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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.26

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-¡El Chort! respondió Frik, dando al diablo el nombre que se le daba en el país. He aquí
un malo que se entretiene en prender fuego y no en apagarle.
Y cada uno trató de ver el humo sobre la punta del torreón, y la mayor parte afirmó que
la distinguía perfectamente, aunque a aquella distancia era por completo invisible.
¡Imposible fuera imaginar el efecto que produjo aquel singular fenómeno! Es necesario
insistir sobre este punto. Colóquese el lector en una disposición de ánimo igual a la de las
gentes de Werst, y no se asombrará de los hechos que van a ser referidos. No le pido que
crea en lo sobrenatural, sino únicamente que se ponga en el caso de aquella población, Y
dé fe a este relato. A la desconfianza que inspiraba el castillo de los Cárpatos, que todo el
mundo creía inhabitado, iba a unirse ahora el espanto, pues, que parecía, estar habitado...
y ¡por qué seres, Dios mío!
Existía en WeTst un lugar de reunión, frecuentado por bebedores y aun por otros que,
sin beber, gustaban de ir allí para hablar de sus negocios después del trabajo. Estos
últimos en número reducido, como se comprende. Dicho establecimiento público era la
principal, o por mejor decir, la única posada del pueblo.
¿Quién era el propietario? Un judío llamado Jonás, hombre de unos sesenta años, de
fisonomía atractiva, pero de marcado tipo semítico, con sus ojos negros, su curva nariz,
su labio alargado, sus cabellos lisos y su tradicional perilla. Obsequioso y amable,
prestaba de buen grado pequeñas cantidades a unos y otros, sin mostrarse muy exigente
en garantías ni muy usurario, porque estaba seguro de ser reembolsado del préstamo en la
época del vencimiento. ¡Pluguiese al cielo que los judíos establecidos en Transilvania
fueran tan acomodaticios como el posadero de Werst!
Desgraciadamente, el buen jonás era una excepción.
Sus correligionarios y colegas, que son todos tenderos, vendiendo bebidas y artículos
de comestibles, practican el oficio de prestamistas con usura inquietante para el porvenir
del aldeano rumano. Hemos de ver cómo la propiedad del suelo pasa poco a poco, de la
raza indígena, a la raza extranjera. No satisfechas las deudas los judíos llegarán a hacerse
dueño de las hermosas tierras hipotecadas; y si la tierra prometida no existe ya en Israel,


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