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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.25

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ejercía la medicina corriente en Werst y en sus cercanías. Con su imperturbable aplomo y
su facundia atronadora inspiraba no menos confianza que el pastor Frik, lo que no era
poco. Cobraba consultas y drogas, inofensivas éstas, que no empeoraban los males de sus
clientes; males que se hubieran curado solos. La salud es buena en aquella parte de la
montaña: el aire que se respiraba es puro; las enfermedades epidémicas, desconocidas, y
si la gente se-muere, es porque nadie se libra de esta dura ley, ni aun en aquel
privilegiado rincon. En cuanto a Patak, se le llamaba doctor; pero no tenía instrucción
ninguna, ni en medicina, ni en farmacia, ni en nada. Era sencillamente un antiguo
enfermero del lazareto, cuya obligación consistía en vigilar a los viajeros detenidos en la
frontera para obtener la patente de sanidad. Esto bastaba, al parecer, a la sencilla
población de Werst. Hay que añadir -y esto no debe sorprenderque el doctor Patak era un
«espíritu fuerte», como convenía a su profesión, y que, por lo tanto, no admitía las
supersticiones que por allí corrían, ni tampoco las que se referían al castillo. Tomaba esto
a broma y a risa; y cuando oia decir que nadie se había aventurado, desde tiempo
inmemorial, a acercarse al castillo, decía:
-No habrá quien me desafíe a hacer una visita a ese caserón.
Y como nadie le desafiaba, ni pensaba en ello, el doctor Patak no llegó a ir; y como la
credulidad seguía en aumento, el castillo continuaba siempre envuelto en impenetrable
misterio.

CAPÍTULO IV

Bastaron pocos instantes para que la noticia dada por el pastor Frik se extendiese por el
pueblo. El Sr. Koltz, cargado con el precioso anteojo acababa de entrar en su casa,
seguido de Nic Deck y Miriota; en el terraplén quedábase Frik entre un grupo de gente de
pueblo, al que se unió otro de tsiganes, que no eran los que se mostraban menos
emocionados.
Todos rodeaban a Frik apremiándole a preguntas, y el pastor respondía con esa soberbia
importancia de un hombre que acaba de ver una cosa extraordinaria.
-Sí, repetía, el castillo humeaba... Todavía humea, y humeará mientras esté piedra sobre
piedra.
-¿Y quién ha podido encender ese fuego? preguntó una vieja con las manos juntas.


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