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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.22

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prestamistas verdaderos propietarios del suelo, el biró había sabido escapar a su
rapacidad. Sus bienes estaban libres de hipotecas o «intabulaciones» segun se dice en la
comarca. A nadie debía nada. Hubiese más bien prestado que tomado a préstamo, y lo
hubiera hecho, no sin despellejar a la pobre gente. Poseía muchos prados con buenos
pastos para sus rebaños; campos bien cultivados, aunque hostil siempre a los adelantos;
viñas que halagaban su vanidad, al pasearse por entre las hermosas cepas cargadas de
racimos, y cuya cosecha vendía siempre con gran provecho, prescindiendo de la parte que
se reservaba para su consumo particular.
No hay que decir que la casa de Koltz era la más hermosa del pueblo. Estaba situada
esquina al terraplén de la calle antes dicha. Una casa de piedra con su fachada al jardín,
su puerta entre la tercera y la cuarta ventana, con sus festones de verdura que orlan el
alero con su cabelludo ramaje. Dos grandes hayas de alta y florida copa. Detrás, un
hermoso verjel en el que se ven plantaciones de legumbres, formando cuadros, y filas de
árboles frutales alineados sobre el talud. En el interior de la casa hay bonitas y limpias
habitaciones, para comer y dormir, con sus muebles pintarrajeados, mesas, camas,
bancos, escabeles y aparadores llenos de brillante vajilla. De las vigas del techo penden
lámparas adornadas de cintas y telas de vivos colores. Se ven también pesados cofres,
forrados y claveteados, que sirven de mesas y de armarios. En las blancas paredes hay
retratos, iluminados con color rabioso, de patriotas rumanos, entre otros el del popular
héroe del siglo XV, el vaivoda Vayda-Hunyad.
He aquí una encantadora habitación, muy grande para un hombre solo. Pero es que el
amo Koltz no estaba solo. Viudo hacía diez años, tenía una hija, la bella Miriota, muy
admirada de Werst a Vulcano, y aún más allá. Hubiese podido llevar por nombre uno de
esos extraños que se usan en Valaquia, tales como Florica, Daiva, Dauricia; pero no; se
llamaba Miriota, es decir, «corderita». La corderita había crecido, y era al presente una
hermosa joven de veinte años, rubia, con ojos garzos de dulce mirada, encantadoras
facciones y de formas esculturales, y su hermosura resaltaba más aún vestida con su


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