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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.21

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La civilización es como el aire y como el agua: allí donde encuentra un resquicio, por
pequeño que sea, allí penetra, y modifica las condiciones de un país. Hay que reconocer
que este resquicio no se ha presentado aún en la región meridional de los Cárpatos. De
Vulcano ha dicho Eliseo Reclus «que es el último lugar de la civilización en el valle del
Sil valaco». No hay pues, que asombrarse de que Werst sea una de las más atrasadas
aldeas del distrito de Kolosvar. ¿Y cómo puede ser otra cosa en lugares como los
antedichos, donde nace, se crece y se muere sin haber salido de ellos? Ocurrirá preguntar
ahora: ¿No hay un maestro de escuela? ¿No hay un juez en Werst? Indudablemente; pero
el dómine Hermod sólo puede enseñar lo que sabe, que es bien poco; apenas leer, escribir
y contar. La instrucción no pasa de aquí. En ciencias, en historia, en geografía y en
literatura, no conoce otra cosa que los cantos populares y las leyendas del país; su
memoria es escasa.
Su fuerte es todo aquello que tiene sabor fantástico, de lo que secan gran provecho los
pocos escolares de la aldeà.
En cuanto al juez, conviene explicar la razón de tal título del primer magistrado de
Verst. El biró Sr. Koltz era un hombrecillo como de unos cincuenta y cinco a sesenta
años, de origen rumano, de cabellos raros y encanecidos, bigote aún negro y ojos de más
dulzura que viveza; de fuerte complexión, como buen montañés; cubre su cabeza con la
magnífica gorra de fieltro, y sujeta su vientre con un cinturón de historiada hebilla; su
chaqueta sin mangas, y el pantalón corto y hombacho, metido en altas boúas de cuero.
Más bien alcalde que juez, por más que sus funciones le obligasen a intervenir en las
múltiples contiendas entre vecinos, se ocupaba principalmente de administrar su aldea
con poder discrecional, y no gratis en verdad. En efecto: todas las transacciones, compras
o ventas estaban gravadas con un impuesto a su favor, sin hablar del derecho de peaje que
extranjeros, turistas o traficantes se apresuraban a entregarle.
Tan lucrativo cargo había proporcionado al Sr. Koitz cierta holgura. Si la mayoría de
los aldeanos del distrito son roídos por la usura, que no tardará en hacer a los judíos


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