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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.13

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inconveNicntes; las altas chimeneas de fábrica crúzanse con el ramaje de los copudos
olmos, abetos y hayas; los negruzcos humos vician la atmósfera, saturada antaño con los
perfumados aromas de los frutales y las flores. No obstante, y por más que la industria
tiene bajo su férrea mano este distrito minero, en la época de esta narración aún no había
perdido el selvático aspecto que le diera la Naturaleza.
El castillo de los Cárpatos data del siglo XII, o acaso del XIII. En aquella época, bajo la
dominación de los señores o vaivodas, fortificábanse monasterios, iglesias, palacios y
castillos de igual modo que las aldeas y ciudades. Señores y vasallos procuraban
mantenerse a la defensiva. Tal estado de cosas explica el aspecto de aquella construcción
feudal, bien defendida con su almenado muro, su atalaya y su torreón. ¿Qué arquitecto
tuvo la idea de edificarle sobre aquella meseta y a tal altura? Ignórase quién fuese el
audaz artista aunque pudiera suponerse que fuera el rumano Manoli, tan gloriosamente
cantado en las leyendas valacas, y que edificó en Curté de Argis el célebre castillo de
Rodolfo el Negro.
Pero si pudiera haber dudas acerca de este punto, no las hay respecto a la familia que
poseía el castillo de los Cárpatos. Los barones de Gortz eran señores de aquel país desde
tiempo inmemorial. Tomaron parte en todas las guerras que tiñeron de sangre las provin-
cias de Transilvania; lucharon contra los húngaros, los sajones y los szeklers, y su
apellido figura en cánticos y en doines, donde se perpetúa el recuerdo de los desastrosos
períodos por que atravesó aquel país. Era su divisa el famoso proverbio valaco: ¡da pe
maorte! «ida hasta morir!» y dieron, vertiendo su sangre en aras de la independencia,
aquella sangre que procedía de los romanos, sus antecesores.
Ya se sabe que al cabo de tantos esfuerzos y sacrificios tantos, no pudieron conseguir
otra cosa que la más mísera opresión para los descendientes de tan valiente raza. Ya no
vive la vida política. Tres azotes sufrió aquel país. Mas aún conservan los valacos de
Transilvania la esperanza de sacudir el yugo que los oprime. El porvenir es suyo, y con
inquebrantable fe repiten estas palabras, que expresan todas sus aspiraciones: Roman no
perè! ¡El rumano no perecerá!


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