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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.10

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Éste es
el Chort.
Así se llama al diablo cuando se le evoca en las conversaciones del país.
Acaso el judío iba a pedir explicación de aquellas palabras incomprensibles para el que
no fuese de Werst o de sus cercanías, cuando Frik exclamó con voz en la que el espanto
se mezclaba a la sorpresa:
-¿Qué es aquella nube que sale del torreón? ¿Es bruma? No; parece humo... Pero no es
posible... Desde hace siglos y siglos no echan humo las chimeneas del castillo...
-Si veis humo, es que lo hay pastor.
-No, buhonero, no. Es que el cristal de vuestro anteojo está empañado.
-Limpiadle, pues.
-Voy a hacerlo.
Y después de haber frotado lo vidrios del anteojo con su manga, volvió a mirar.
Efectivamente; lo que salía del torreón era humo. Aquella columna subía recta, en el
aire tranquilo, y su penacho se confundía con las nubes. Frik, inmóvil, no hablaba ya,
concentrando toda su atención sobre el castillo, cuya sombra iba ascendiendo hasta llegar
al nivel del llano de Orgall. De pronto bajó el aparato, y llevándose la mano a la alforja
que bajo su sayo llevaba, preguntó:
-¿Qué vale esto?
-Florín y medio,-, respondió el buhonero.
Por poco- que Frik hubiese regateado, hubiera dado el anteojo en un florín; pero el
pastor no regateó.
Bajo el influjo de una estupefacción tan grande como inexplicable, metió la mano en su
alforja y sacó el dinero.
-¿Es para vos el anteojo? preguntó el buhonero.
-No; para mi amo.
-Entonces, él os reembolsará.
-Sí... Los dos florines que me cuesta.
-¡Cómo dos florines!
-Sí... de ahí para arriba. Buenas tardes, amigo.
-Buenas tardes, pastor.
Y Frik, silbando a sus perros y reuNicndo su rebaño, subió a buen paso en dirección a
Werst.
Mirándole marchar el judío, movió la cabeza, y murmuró:
-De haberlo sabido, le pido más por el anteojo.
Después de arreglar sobre sus hombros y cintura su mercancía, tomó la dirección de
Karlsburg, volviendo a bajar por la margen derecha del Sil.
¿Dónde iba? Poco nos importa. Él no hace más que pasar en esta novela... No le
volveremos a ver más.

CAPÍTULO II

La distancia de algunas millas produce el efecto, para el observador, de que, bien sean
rocas hacinadas por la naturaleza en las épocas geológicas, según las convulsiones del


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