El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.8
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que mira al agujero de Egelt, es que son las seis. Mis carneros lo saben tan bien como yo,
y mis perros como los carneros. Guardad, pues vuestros cachivaches.
-¡Vaya! repuso el buhonero. Muy negro me habría de ver para hacer fortuna, si no
tuviera más clientes que los pastores. ¿De manera que no necesitáis nada?
-Absolutamente nada.
Por lo demás, todas aquellas mercaderías baratas eran de muy mediana fabricación. Los
barómetros no concordaban bien sobre el variable o el buen tiempo fijo; las agujas de los
relojes marcaban horas muy largas o minutos muy cortos. En fin, una engañifa. ¡Acaso el
pastor lo sabía! Por eso no quería comprar nada de aquello. Sin embargo, ya iba a
recobrar su cayado, cuando, cogiendo una especie de tubo colgado de una correa del
buhonero, le dijo:
-¿Para qué sirve este tubo?
-No es tal tubo.
-Será pues, una pistola, dijo el pastor.
-No, dijo el judío: es un anteojo.
Era, en efecto, uno de esos anteojos comunes que agrandan cinco o seis veces los
objetos, o que los aproximan otro tanto, lo que produce el mismo resultado.
Frik había cogido aquel instrumento, y le contemplaba, dándole vueltas entre sus
manos, haciendo salir y entrar los cilindros.
Después, moviendo la cabeza:
-¡Un anteojo! dijo.
-Sí, pastor; un magnífico anteojo, que os alargará mucho la vista...
-¡Ah! ... Yo tengo muy buenos ojos, amigo. Cuando el tiempo está claro, veo las
últimas rocas, hasta la cresta del Retyezat, y los últimos árboles en el fondo de los
desfiladeros del Vulcano.
-¿Sin entornar los ojos?
-Sin entornar los ojos, -gracias al rocío de la noche, que me limpia la pupila.
-¿El rocío? dijo el otro. Pronto os dejará ciego.
-¡Ah! A los pastores no.
-Bien... Si tenéis buenos ojos, yo los tengo mejores cuando los aplico a mi anteojo.
-¡Tendrá que ver eso!
-Vedlo ...
-¡Yo! ...
-Probad.
-¿No me costará nada? preruntó Frik, desconfiado por naturaleza.
-Nada; a menos que no os decidáis a comprarme el aparato.
Tranquilo ya sobre este particular, Frik tomó el anteojo, cuyos tubos graduó el
buhonero. Después, de haber cerrado el ojo derecho, Frik aplicó el ocular al izquierdo, y
empezó a mirar hacia las montañas del Vulcano, subiendo hacia el Plesa; después bajó el
instrumento, enfocándole hacia el pueblo de Werst.
-¡Calla! exclamó.
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