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El Castillo de los Cárpatos (Julio Verne) - pág.5

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sortilegios, daba fe a las leyendas que corrían por la comarca.
Así, pues, no hay que asombrarse de que hiciese aquel pronóstico referente a la
próxima desaparición del antiguo castillo, puesto que el haya sólo tenía ya tres ramas; ni
hay que asombrarse de que le faltase tiempo para llevar la noticia al pueblo, a Werst.
Después de haber juntado el rebaño, soplando hasta desgañitarse en la larga y blanca
bocina de madera, Frik tomó el camino de la aldea. Avivando al ganado, seguíanle sus
perros, dos semigrifos bastardos, ariscos y feroces, que más bien parecían dispuestos a
devorar ovejas que a guardarlas. El ganado se componía de una centena de carneros
moruecos y ovejas, de las cuales una docena eran de primer año y el resto de tercero y
cuarto año, o sea de cuatro y de seis dientes.
Este ganado pertenecía al juez de Werst, el biró Koltz, que pagaba al concejo un fuerte
derecho de contribución de ganadería, y que apreciaba mucho al pastor Frik por sus
habilidades de esquilador y veterinario entendido en lo que se refiere a todas las plagas de
origen pecuario.
Marchaba el rebaño en masa compacta, a la cabeza la oveja cencerra y a su lado la
oveja birana, haciendo sonar su esquila en medio de la confusión de balidos.
Al salir del prado, Frik tomó por un ancho sendero, bordeando extensos campos, donde
ondulaban hermosas espigas de trigo, ya muy crecido sobre las altas cañas; veíanse
también algunas plantaciones de «kukurutz», que es el maíz de aquel país. El camino
conducía a la orilla de un bosque de pinos y abetos de pobladas copas. Más abajo, el Sil
extendía su brillante agua, filtrada por los guijarros del álveo y sobre el que flotaban los
frarmentos de madera aserrada en las serrerías de río arriba.
Perros y carneros se detuvieron en la margen derecha y se pusieron a beber con avidez
al ras de la ribera, removiendo la hojarasca de los matorrales.
Werst no distaba de allí más de tres tiros de fusil, al otro lado de un espeso bosque de
raíces, formado de esbeltos árboles y de esos desmirriados plantones que crecen tan sólo
algunos pies del suelo. Dicho bosque se extendía hasta la garganta de Vulcano, cuya
aldea, que lleva este nombre, ocupa una altura escarpada en la vertiente meridional de los


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