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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.433

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Morgana, iba tras los portadores llorosa y gimiente, golpeándose el pecho y mesándose los cabellos, en tanto que Alí Babá cerraba, la marcha, acompañado de algunos vecinos. Así llegaron al cementerio mientras que en la casa de Alí Babá las mujeres dejaban oír sus lamentaciones y gritos de dolor.
La verdad de aquella muerte quedó al abrigo de toda indiscreción, sin que persona alguna sospechase lo más leve de la funesta aventura.
Por lo que respecta a los cuarenta ladrones, durante un mes se abstuvieron de volver a su refugio por temor a la putrefacción de los abandonados restos de Kasín, pero una vez que regresaron, su asombro no tuvo límites al no encontrar los despojos de Kasín, ni señal alguna de putrefacción. Esta vez reflexionaron seriamente acerca de la situación, y finalmente, el jefe de los cuarenta, dijo: «Sin duda hemos sido descubiertos y se conoce nuestro secretos si no lo remediamos prontamente, todas las riquezas que nosotros y nuestros antecesores hemos acumulado con tantos trabajos y peligros, nos serán arrebatadas por el cómplice del ladrón que hemos castigado. Es preciso que sin pérdida de tiempo matemos al otro, para lo que hay un solo medio, y es, que alguien que sea a la vez el más astuto y audaz, vaya a la ciudad disfrazado de derviche extranjero, y, usando de toda su habilidad, descubra quién es aquel al que nosotros hemos descuartizado y en qué casa habitaba. Todas estas pesquisas deben ser hechas con gran prudencia, ya que una palabra de más podría comprometer el asunto y perdemos a todos sin remedio, Estimo que aquel que asuma este trabajo debe comprometerse a sufrir la pena de muerte si da pruebas de ineptitud en el cumplimieto de su misión.» Al momento, uno de los ladrones, exclamó: «Me ofrezco para la empresa y acepto las condiciones.» El jefe y sus camaradas le felicitaron colmándole de elogios y, disfrazado de derviche extranjero, partió rápidamente.
El bandido entró en la ciudad y vio que todas las casas y tiendas estaban todavía cerradas a causa de lo temprano de la hora; únicamente la tienda del jeique Mustafá, el remendón, estaba abierta, y el zapatero, con la lezna en la mano, se disponía a arreglar una babucha de cuero de color de azafrán; al levantar la mirada y ver al derviche, se apresuró a saludarle. Éste le devolvió el saludo y se admiró de que a su edad tuviese tan buena vista y manos tan expertas. El anciano, muy halagado y satisfecho, respondió: «¡Oh derviche! ¡Por Alah, que todavía puedo enhebrar la aguja al primer intento y puedo coser los seis trozos de un muerto en el fondo de un sótano poco iluminado!» El ladrón-derviche, al oír estas palabras, se alegró mucho y bendijo su destino que le conducía por el camino más corto hacia el logro de su misión, y aprovechando la ocasión, simuló asombro y exclamó: «¡Oh faz de bendición! ¿Seis trozos de un hombre? ¿Qué es lo que quieres decir? ¿Es que en este país tenéis la costumbre de cortar a los muertos en seis pedazos y coserlos después?»


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