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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.432

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Al día siguente por la mañana, cuando las gentes del barrio se despertaron, al oír gritos y lamentaciones, no dudaron de que eran proferidos par la esposa de Kasín, por la esposa del hermano de Kasín; por la joven Morgana y por todos los parientes, para así anunciar la muerte de Kasín.
Durante este tiempo, Morgana continuó realizando su plan diciéndose: «Hija mía, no todo consiste en hacer pasar una muerte violenta por una muerte natural, ya que además hay un gran peligro: dejar que las gentes se den cuenta de que el dífunto está cortado en seis trozos» Sin tardanza, corrió a casa de a un viejo zapatero remendón del barrío, que no lo conocía y, saludándole, le puso en la mano un dinar de oro y le dijo.: «¡Oh jeique Mustafá, tu trabajo me es necesario!» El viejo remendón que era hombre de naturaleza alegre, respondió: «¡Oh día luminoso, bendito por tu venida, oh rostro de luna! ¡Habla oh mi dueña, y te responderé con la obedienda!» Morgana le dijo: «¡Oh, mi tío Mustafá! ¡Levántate y ven conmigo, pero antes coge lo necesario para coser cuero!» Cuando él hizo lo que ella le pedía, tomó un pañuelo y vendándole los ojos, le dijo: «¡Es condición imprescindible! ¡Sin esto no hacemos nada!»; pera el zapatero gritó: «¡Oh joven ¿quieres que por un dinar reniegue de la fe de mis padres o cometa algún robo o crimen extraordinario?» La joven le cortestó: «¡Alejado sea el maligno, oh jeique! ¡Tranquiliza tu conciencia! No es nada de lo que imaginas, pues solo se trata de hacer una costura.» Mientras hablaba le puso en la mano una segunda pieza de oro que convenció al remendón.
Morgana le cogió de la mano, con los ojos ya vendados, y le llevó a la casa de Alí Babá y allí le quitó el pañuelo y mostrándole el cuerpo del difunto, cuyos miembros ella misma había reunido, le dijo:´ «Te he tráído aquí de la mano a fin de que cosas los seis trozos que ves»; y como el jeique retrocediese espantado, la animosa Morgana le puso una nueva moneda de oro en la mano y le prometió otra más si hacía el trabajo rápidamente, lo que decidió al zapatero a ponerse a trabajar. Cuando concluyó la costura, Margana le volvió a vendar los ojos y despúés de darle la recompensa prometida, le dejó, apresurándose a regresar a su casa, volviendo la vista de vez en cuando para ver si era observada por el zapatero.
Una vez que llegó, tomó el cuerpo reconstruido de Kasín, lo perfumó con incienso y lo amortajó ayudada por Alí Babá. Y para evitar que los hombres que trajeran las parihuelas sospechasen nada, ella misma fue por ellas pagando generosamente. Después, siempre ayudada por Alí Babá, puso el cuerpo en la caja mortuoria y la recubrió con telas adecuadas. Mientras tanto, llegaran el imán y demás dignatarias de la mezquita, y cuatro vecinos cargaron las parihuelas sobre sus hombros; el imán se puso a la cabeza del cortejo seguido por los lectores del Corán.


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