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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.420

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Girando estuvieron al pie del montículo rocoso donde Alí Babá estaba escondidó, a una señal de su gigantesco jefe echaron pie a tierra, desembridaron sus caballos y, colgando del cuello de cada uno de los animales un saco de forraje que llevaban sobre la grupa, los ataron a los árboles. Después cogieron las alforjas y las cargaron sobre sus propias espaldas, y tan pesadas eran aquéllas, que los bandidos caminaban encorvados bajo su peso. En buen orden pasaron bajo Alí Babá, que así pudo fácilmente contarlos y ver que eran cuarenta, ni uno más ni uno menos.

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 852 NOCHE

Ella dijo:

Cargados de esta manera llegaron, ante una gran roca que había al pie del montículo, y se pararon. El jefe, que era el que iba a la cabeza, dedando un instante en el suelo su pesada alforja, se encaró con la roca, y con voz retumbante, dirigiéndose a alguien o algo que permanecía invisible a todas las miradas, exclamo: «¡Sésamo, ábrete! Al momento la roca se entreabrió, y entonces el jefe se apartó un poco para dejar pasar a sus hombres, y cuando hubieron entrado todos, volvió a cargar su alforja sobre sus espaldas, entrando el último, y exclamando con voz autoritaria que no admitía réplica: «¡Sésamo, ciérrate!» La roca se empotró en su sitio tamo si el sortilegio del bandido nunca la hubiese movído por medio de la fórmula mágica. Al ver todas estas cosas, Alí Babá, maravillado, se dijo: «¡Con tal que no me descubran usando su ciencia de la brujería, me doy por contento!»; y se guardo mucho de hacer el menor movimiento, a pesar de la gran inquietud -que sentía por el paradero de sus asnos, que continuaban abandonados en medio del bosque. Los cuarenta ladrones, despues de una prolongada estancia en la cueva en la que Alí Babá los haoía visto entrar, dieron señal de su reaparición al oírse un ruido subterráneo, parecido a un terremoto lejano. La roca se abrió, dejando salir a los cuarenta hombres, con su jefe a la cabeza, y llevando las alforjas vacías en la mano. Cada uno de ellos se dirigió a su caballo, lo embridó, y, después de colocar las alforjas en la grupa, montaron sobre las sillas; pero antes de partir, el jefe se volvió hacia la entrada de la caverna, y, en voz alta, pronunció la fórmula: «¡Sésamo, ciérrate!»; y las dos mitades de la roca se juntaron sin dejar señal alguna de separación; y con sus semblantes sombríos y sus barbas negras marcharon por el m¡smo camino por el que habían venido.
En cuanto a Alí Babá, la prudencia de que le había dotado Alah hizo que permaneciese algún tiempo en su escondite, a pesar del deseo que sentía de ir a recuperar sus asnos, diciéndose: «Estos terribles bandoleros pueden haber olvidado alguna cosa en su cueva, volver de improviso sobre sus pasos y sorprenderme aquí.


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