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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.418

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¡Uassalam!» Y tras de haber hablado así a Aladino, desapareció el efrit.
Entonces Aladino, en el límite de la cólera, se apresuró a ir a la sala de las noventa y nueve ventanas en busca de su esposa Badrú´l-Budur. Y sin revelarle nada de lo que el efrit acababa de contarle, le dijo: «¡Oh Badrú’l-Budur, ojos míos! Antes de traerte el huevo del pájaro rokh es absolutamente necesario que oiga yo con mis propios oídos a la santa vieja que te ha recetado ese remedio. ¡Te ruego, pues, que envíes a buscarla con toda urgencia y que, con pretexto de que no la recuerdas´ exactamente, le hagas repetir su prescripción, mientras yo estoy escondido detrás del tapiz!» Y contestó Badrú’l-Budllr: «¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!» Y al punto envió a buscar a la santa vieja.
En cuanto ésta hubo entrado en la sala de la bóveda de cristal, y cubierta siempre con su espeso velo que le tapaba la cara, se acercó a Badrú´l-Budur, Aladino salió de su escondite, abalanzándose a ella con el alfange en la mano, y antes de que ella pudiese decir: «¡Bem!», de un solo tajo le separó la cabeza de los hombros.
Al ver aquello, exclamó Badrú´l-Budur, aterrada: «¡Oh mi señor Aladino! ¡qué atentado acabas de cometer!» Pero Aladino se limitó a sonreír, y por toda respuesta se inclinó, cogió por el mechón central la cabeza cortada, y se la mostró a Badrú’l-Budur. Y en el límite de la estupefacción y del horror, vio ella que la tal cabeza, excepto el mechón central, estaba afeitada como la de los hombres, y que tenía el rostro prodigiosamente barbudo. Y sin querer asustarla más tiempo Aladino le contó la verdad con respecto a la presunta Fatmah, falsa santa y falsa vieja, y concluyó: «¡Oh Badrú´lBudur. ¡demos gracias a Alah, `que nos ha librado por siempre de nuestros enemigos!» Y se arrojaron ambos en brazos uno de otro, dando gracias a Alah por sus favores.
Y desde entonces vivieron una vida muy feliz con la buena vieja, madre de Aladino, y con el sultán, padre de Badrú’l-Budur. Y tuvieron dos hijos hermosos corno lunas. Y a la muerte del sultán, reinó Aladino en el reino de la China. Y de nada careció su dicha hasta la llegada inevitabe de la Destructora de delicias y Separadora de amigos.

HISTORIA DE ALÍ BABÁ Y LOS CUARENTA LADRONES

«Recuerdo, ¡oh rey afortunado!, que en tiempos muy lejanos, en los días del pasado, ya ido, y en una ciudad entre las ciudades de Persia, vivían dos hermanos; uno se llamaba Kasín y el otro Alí Babá. ¡Exaltado sea aquel ante quien se borran todos los nombres, sobrenombres y renombres; el que ve las almas al desnudo y las conciencias en toda su profundidad, el Altísimo, el dueño de todos los destinos! Cuando el padre de Kasín y de Alí Babá, que era un hombre del común, murió en la misericordia de su señor, los dos hermanos se repartieron equitativamente lo poco que les dejo en herencia, tardando poco en consumir tan mezquino caudal y encontrándose, de la noche a la mañana, con las caras largas y sin pan ni queso.


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