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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.358

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Tras de lo cual se sintió satisfecho, y dijo a su madre: «¡Al fin voy a poder contarte ¡oh madre mía! todo lo que me aconteció con el hombre a quien tú creías mi tío, y que me ha hecho ver la muerte a dos dedos de mis ojos! ¡Ah! ¡tú no sabes que ni por asomo era tío mío ni hermano de mi padre ese embustero que me hacía tantas caricias y me besaba tan tiernamente, ese maldito maghrebín, ese hechicero, ese mentiroso, ese bribón, ese embaucador, ese enredador, ese perro, ese sucio, ese demonio que no tiene par entre los demonios sobre la faz de la tierra!, ¡Alejado sea el Maligno!» Luego añadió: «¡Escucha ¡oh madre! lo que me ha hecho!» Y dijo todavía: «¡Ah! ¡qué contento estoy de haberme librado de sus manos!» Luego se detuvo un momento, respiró con fuerza, y de repente, sin tomar ya más aliento, contó cuanto le había sucedido, desde el principio hasta el fin, incluso, la bofetada, la injuria y lo demás, sin omitir un solo detalle. Pero no hay ninguna utilidad en repetirlo.
Y cuando hubo acabado su relato se quitó el cinturón y dejó caer en el colchón que había en el suelo la maravillosa provisión de frutas transparentes y coloreadas que hubo de coger en el jardín. Y también cayó la lampara en el montón, entre bolas de pedrería.
Y añadió éí para terminar: «¡Esa es ¡oh madre! mi aventura con el mago maldito, y aquí tienes lo que me ha reportado mi viaje al subterráneo!» Y así diciendo, mostraba a su madre las bolas maravillosas, pero con un aire desdeñoso que sigmficaba: «¡Ya no soy un niño para jugar con bolas de vidrio!»
Mientras estuvo hablando su hijo Aladino la madre le escuchó; lanzando, en los pasajes más sorprendentes o más conmovedores del relato, exclamaciones de cólera contra, el mago y de conmiseración para Aladino. Y no bien acabó de contar él tan extraña aventura, no pudo ella reprimirse más, y .se desató en injurias contra el maghrebín, motejándole con todos los dicterios que para calificar la conducta del agresor puede encontrar la cólera de una madre que, ha estado a punto de perder a su hijo. Y cuando se desahogó un poco, apretó contra su pecho a su hijo Aladino y le besó llorando, y dijo: «¡Demos gracias a Alah ¡oh hijo mío! que te ha sacado sano y salvo de manos de ese hechicero maghrebín! ¡Ah traidor, maldito! ¡Sin duda quiso tu muerte por poseer esa miserable lámpara de cobre que no vale medio dracma! ¡Cuánto le detestó! ¡Cuánto abomino de él! ¡Por fin te recobré, pobre niño mío, hijo mío Aladino! ¡Pero qué peligros no corriste por culpa mía, que debí adivinar, no obstante, en los ojos bizcos de ese maghrebín; que no era tío tuyo ni nada allegado, sino un mago maldito y un descreido!»
Y así diciendo, la madre se sentó en el colchón con su hijo Aladino, y le estrechó contra ella y le besó y le meció dulcemente.


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