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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.354

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Y agobiado por todo aquello, se alzó cuidadosamente el traje, ciñéndoselo mucho a la cintura, y lleno de prudencia y de precaucion atravesó con ligereza las tres salas de calderas y ganó la escalera de la cueva, a la entrada de la cual le esperaba ansiosamente el maghrebín.
Y he aquí que, en cuanto Aladino franqueó la puerta de cobre y subió el primer peldaño de la escalera, el maghrebín, que se hallaba encima de la abertura, junto a la entrada de la cueva, no tuvo paciencia para esperar a que subiese todos los escalones y saliese de la cueva por completo, y le dijo: «Bueno, Aladino, ¿dónde está la lámpara?» Y Aladino contestó: «¡La tengo en el pecho!» El otró dijo: «¡Sácala ya y dámela!» Pero Aladino le dijo: ¿Cómo quieres que te la de tan pronto, ¡oh tío mío!, si está entre todas las bolas de vidrio con que me he llenado la ropa por todas partes? ¡Déjame antes subir esta escalera, y ayúdame a salir del agujero; y entonces descargaré todas estas bolas en lugar seguro, y no sobre estos peldaños, por los que rodarían y se romperian! ¡Y así podré sacarme del pecho la lámpara y dártela cuando esté libre de esta impedimenta insuperablel ¡Por cierto que se me ha escurrido hacia la espalda y me lastima violentamente en la piel, por lo que bien quisiera verme desembarazado de ella!» Pero el maghrerín, furioso por la resistencia que hacia Aladino y persuadido de que Aladino sólo ponía estas dificultades porque quería guardarse para él la lámpara le gritó con una voz espantosa como la de un demonio: «¡Oh hijo de perro! ¿quieres darme la lampara en seguida, o morir!» Y Aladino, que no sabía a qué atribuir este cambio de modales de su tío, y aterrado al verle en tal estado de furor, y temiendo recibir otra bofetada más violenta que la primera, se dijo: «¡Por Alah, que más vale resguardarse! ¡Y voy a entrar de nuevo en la cueva mientras él se calma!» Y volvió la espalda, y recogiéndose el traje, entró prudentemente en él subterráneo.
Al ver aquello, el maghrebín lanzó un grito de rabia, y en el límite del furor, pataleó y se convulsionó, arrancándose las barbas de desesperación por la imposibilidad en que se hallaba de correr tras de Aladino a la cueva vedada por los poderes mágicos. Y exclamó: «¡Ah maldito Aladino! ¡vas a ser castigado como mereces!» Y corrió hacia la hoguera, que no se había apagado todavia, y echó en ella un poco del polvo de incienso que llevaba consigo murmurando una fórmula magica. Y al punto la losa de mármol que servía para tapar la entrada de la cueva se cerro por si sola y volvió a su sitio primitivo, cubriendo herméticamente el agujero de la escalera; y tembló la tierra y se cerró de nuevo; y el suelo se quedó tan liso como antes de abrirse. Y Aladino encontróse de tal suerte encerrado en el subterráneo.
Porque como ya se ha dicho, el maghrebín era un mago insigne venido del fondo del Maghreb, y no un tío ni un pariente cercano o lejano de Aladino.


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