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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.343

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Y el maghrebín le dejó y se fue por su camino...
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA 733 NOCHE

Ella dijo:

... Y el maghrebín le dejó y se fue por su camino. Y Aladino entró en la casa contó a su madre lo ocurrido y le entregó los dos dinares, diciéndole: «¡Mi tío va a venir esta nohe a cenar con nosotros!»
Entonces, al ver los dos dinares, se dijo la madre de Aladino: «¡Quizá no conociera yo a todos los hermanos del difunto!» Y se levantó y a toda prisa fue al zoco, en donde compró las provisiones necesarias para una buena comida, y volvió para ponerse en seguida a preparar los manjares. Pero como la pobre no tenía utensilios de cocina, fue a pedir prestados a las vecinas las cacerolas, platos y vajilla que necesitaba. Y estuvo cocinando todo el día; y al hacerse de noche, dijo a Aladino: «¡La comida está dispuesta, hijo rnío, y como tu tío acaso no sepa bien el camino de nuestra casa, debes salirle al encuentro o esperarle en la calle!» Y Aladino contestó: «¡Escucho y obedezco!» Y cuando se disponía a salir, llamaron a la puerta. Y corrió a abrir él. Era el maghrebín. E iba acompañado de un mandadero que llevaba en la cabeza una carga de frutas, de pasteles y bebidas. Y Aladino les introdujo a ambos. Y el mandadero se marchó cuando dejó su carga y le pagaron. Y Aladino condujo al maghrebín, a la habitacion en que estaba su madre. Y el maghrebín se inclinó y dijo con voz conmovida: «La paz sea contigo, ¡oh esposa de mi hermano!» Y la madre de Aladino le devolvió la zalema: Entonces el maghrebín se echó a llorar en silencio. Luego preguntó: «¿Cuá es el sitio en que tenía costumbre de sentarse el difunto?» Y la madre de Aladino le mostró el sitio en cuestión; y al punto se arrojó al suelo el maghrebín y se puso a besar aquel lugar y a suspirar con lágrimas en los ojos y a decir: «¡Ah, qué suerte la mía! ¡Ah, qué miserable suerte fue haberte perdido, ¡oh hermano mío! ¡oh estría de mis ojos!» Y continuó llorando y lamentándose de aquella manera, y con una cara tan transformada y tanta alteración de entrañas, que estuvo a punto de desmayarse, y la madre de Aladino no dudó ni por un instante de que fuese el propio hermano de su difunto marido. Y se acercó a él, le levantó del suelo, y le dijo: «¡Oh hermano de mi esposo! ¡vas a matarte en balde a fuerza de llorar! ¡Ay, lo que está escrito debe ocurrir!» Y siguió consolándole con buenas palabras hasta que le decidió a beber un poco de agua para calmarse y sentarse a comer.
Cuando estuvo puesto el mantel, el maghrebín comenzó a hablar con la madre de Aladino. Y le contó lo que tenía que contarle, diciéndole:


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