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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.321

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Correspondieron con gentileza a mi saludo, lo cual me alento a dirigirles la palabra, y les dije: «¡Por Alah sobre vosotros, ¡oh maravillosos jóvenes! decidine, quiénes sois y qué hacéis!» Y me contestaron: «¡Somos adoradores del Dios verdadero!» Y uno de ellos, sin decir más, me hizo seña con la mano en cierta dirección, como invitándome a dirigir mis pasos por aquella parte, me entregó el bastón de oro, y cogiendo de la mano a su hermoso compañero; desapareció de mi vista.
Empuñé entonces el bastón de oro, y no vacilé en seguir el camino que se me había indicado, maravillándome al recordar a aquellos muchachos tan hermosos. Llevaba algún tiempo andando, cuando vi salir súbitamente de detrás de un penasco una serpiente gigantesca que llevaba en la boca a un hombre, cuyas tres cuartas partes se había ya tragado, y del cual no se veían más que la cabeza y los brazos. Estos se agitaban desesperadamente, y la cabeza gritaba: «¡Oh caminante! ¡Sálvame del furor de esta serpiente y no te arrepentirás de tal acción!» Corrí entonces detrás de la serpiente, y le di con el bastón de oro rojo un golpe tan afortunado, que quedó exánime en aquel momento. Y alargué la mano al hombre tragado y le ayudé a salir del vientre de la serpiente.
Cuando miré mejor la cara del hombre, llegué al límite de la sorpresa al conocer que era el volátil que me había llevado en su viaje aéreo y había acabado por precipitarse conmigo, a riesgo de matarme, desde lo alto de la bóveda del cielo hasta la -cumbre de la montaña en la cual me había abandonado, exponiéndome a morir de hambre y sed. Pero ni siquiera quise demostrar rencor por su mala acción, y me conformé con decirle dulcemente: «¿Es así como obran los amigos con los amigos?» Él me contestó: «En prinier lugar he de darte las gracias por lo que acabas de hacer en mi favor. Pero ignoras que fuiste tú, con tus invocaciones inoportunas pronunciando el Nombre, quien me precipitaste de lo alto contra mi voluntad. ¡El Nombre Produce ese efecto en todos nosotros! ¡Por eso no lo pronunciamos jamás!» Entonces yo, para que me sacara de aquella montaña, le dije: ¡Perdona y no me riñas; pues, en verdad, yo no podía adivinar las consecuencias funestas de mi homenaje al Nombre! ¡Te prometo no volverlo a pronunciar durante el trayecto, si quieres transportarme ahora a mi casa!»
Entonces el volátil se bajó, me cogió a cuestas, y en un abrir y cerrar de ojos me dejó en la azotea de mi casa y se fue para la suya.
Cuando mi mujer me vio bajar de la azotea y entrar en la casa después de tan larga ausencia, comprendió cuanto acababa de ocurrir, y bendijo a Alah que me había salvado una vez más de la perdición. Y tras las efusiones del regreso me dijo: «Ya no debemos tratarnos con la gente de esta ciudad. ¡Son hermanos de los demonios!» Y yo le dije: «¿Y cómo vivía tu padre entre ellos?» Ella me contestó: «Mi padre no pertenecía a su casta, ni hacía nada como ellos, ni vivía su vida.


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