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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.318

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No tienes más que levantarte y acompañarme al zoco. Yo me encargo de todo lo demás. Si la mercancía subastada produce un precio que nos convenga, lo aceptaremos; si no, te haré el favor de conservarla en mi almacén hasta que suba en el mercado. ¡Y en tiempo oportuno podremos sacar un precio más ventajoso!»
Entonces quedé interiormente cada vez más perplejo; pero no lo di a entender, sino que pensé: «¡Ten paciencia, Sindbad, y ya sabrás de qué se trata!» Y dije al anciano: «¡Oh mi venerable tío, escucho y obedezco! ¡Todo lo que tú dispongas me parecerá lleno de bendición! ¡Por mi parte, después de cuanto por mí hiciste, me conformaré con tu voluntad!» Y me levanté inmediatamente y le acompañé al zoco.
Cuando llegarnos al centro del zoco en que se hacía la subasta pública, ¡cuál no sería mi asombro al ver mi balsa transportada allí y rodeada de una multitud de corredores y mercaderes qué la miraban con respeto y moviendo la cabeza! Y por todas partes oía exclamaciones de admiracion: «¡Ya Alah! ¡Qué maravillosa calidad de sándalo! ¡En ninguna parte del mundo la hay mejor!» Entonces comprendí cuál era la mercancía consabida, y creí conveniente para la venta tornar un aspecto digno y reservado.
Pero he aquí que en seguida, el anciano protector mío, aproximandose al jefe de los corredores, le dijo: «¡Empiece, la subasta!» Y se empezó con el precio de mil dinares por la balsa. Y el jefe corredor exclamó: «¡A mil dinares la balsa de sándalo, ¡oh compradores! Entonces gritó él anciano: «¡La compro en dos rnil!» Y otro gritó: «¡En tres mil!» Y los mercaderes siguieron subiendo el precio hasta diez mil dinares. Entonces se encaró conmigo el jefe de los corredores y me dijo: «¡Son diez mil; ya no puja nadie!» Y yo dije: «¡No la vendo en ese precio!»
Entonces mi protector se me acercó y me dijo: «¡Hijo mío, el zoco, en estos tiempos, no anda muy próspero, y la mercancía ha perdido algo de su valor! Vale más que aceptes el precio que te ofrecen. Pero yo, si te parece, voy a pujar otros cien dinares más. ¿Quieres dejármelo en diez mil cien dinares?» Yo contesté: « ¡Por Alah! mi buen tío, sólo por ti lo hago para agradecer tus beneficios. ¡Consiento en dejártelo por esa cantidad!» Oídas estas palabras, el anciano mandó a sus esclavos que transportaran todo el sándalo a sus almacenes de reserva, y me llevó a su casa, en la cual me contó inmediatamente los diez mil cien dinares, y los encerró en una caja sólida cuya llave me entregó, dándome encima las gracias por lo que había hecho en su favor.
Mandó en seguida poner el mantel, y comimos, y bebimos, y charlamos alegremente. Después nos lavamos las manos y la boca, y por fin me dijo: «¡Hijo mío, quiero dirigirte una petición, que deseo mucho aceptes!» Yo le contesté: «¡Mi buen tío, todo te lo concederé a gusto!» Él me dijo: «Ya ves, hijo mío, que he llegado a una edad muy avanzada sin tener hijo varón que pueda heredar un día mis bienes.


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