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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.316

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Pero noté que la corriente del río era rápida hasta el punto de que el ruido que hacía oíase muy a lo lejos. Entonces, y al recordar como me salvé de la muerte en la isla de las pedrerías, concebí la idea de construir una balsa igual a la anterior y dejarme llevar por la corriente. En efecto, a pesar de lo agradable de aquella isla nueva, yo pretendía volver a mi país. Y pensaba: «Si logro salvarme, todo irá bien, y haré voto de no pronunciar siquiera la palabra viaje, y de no pensar en tal cosa durante el resto de mi vida. ¡En cambio, si perezco en la tentativa, todo irá bien asimismo, porque acabaré definitivamente con peligros y tribulaciones.»
Me levanté, pues, inmediatamente, y después de haber comido alguna fruta, recogí muchas ramas grandes cuya,especie ignoraba entonces, aunque luego supe eran de sándalo, de la calidad más estimada por los mercaderes, a causa de su rareza. Después empecé a buscar cuerdas y cordeles, y al principio no los encontré; pero vi en los árboles unas plantas trepadoras y flexibles, muy fuertes, que podían servirme. Corté las que me hicieron falta, y las utilicé para atar entre sí las ramas grandes de sándalo. Preparé de este modo una enorme balsa, en la cual coloqué fruta en abundancia, y me embarqué diciendo: «¡Si me salvo, lo habrá querido Alah!»
Apenas subí a la balsa Y me hube separado de la orilla, me vi arrastrado con una rapidez espantosa por la corriente, y sentí vértigos, y caí desmayado encima del montón de fruta exactamente igual que un pollo borracho.
Al recobrar el conocimiento, miré a mi alrededor, y quedé más inmóvil de espanto que nunca, y ensordecido por un ruido como el del trueno. El río no era más que un torrente de espuma hirviente, y más veloz que el viento, que chocando con estrépito contra las rocas, se lanzaba hacia un precipicio que adivinaba yo más que veía. ¡Indudablemente iba a hacerme pedazos en él, despeñándome sabe quién desde qué altura!
Ante esta idea aterradora, me agarré con todas mis fuerzas a las ramas de la balsa, y cerré los ojos instintivamente para no verme aplastado y destrozado, e invoqué el nombre de Alah antes de morir. Y de pronto, en vez de rodar hasta el abismo, comprendí que la balsa se paraba bruscamente encima del agua, y abrí los ojos un minuto por saber a qué distancia estaba de la muerte, y no fue para verme estrellado contra los peñascos, sino cogido con mi balsa en una inmensa red, que unos hombres echaros sobre mí desde la ribera. De esta suerte me hallé cogido y llevado a tierra, y allí me sacaron o vivo y medio muerto de entre las mallas de la red, en tanto transportaban a la orilla mi balsa. Mientras yo permanecía tendido, inerte y tiritando, se adelantó hacia mí un venerable jeique de barbas blancas, que empezó por desearme la bienvenida, y por cubrirme- con ropa caliente que me sentó muy bien.


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