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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.289

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Por la mañana, cuando nos despertamos, lo primero que se presentó ante nuestros ojos asustados fue una terrible serpiente tan gruesa como el árbol en que nos hallabamos y que clavaba en nosotros sus ojos llameantes, y abría una boca tan ancha como un horno. Y de pronto se irguió, y su cabeza nos alcanzó en la copa del árbol. Cogió con sus fauces a uno de mis compañeros Y lo engulló hasta los hombros, para devorarle por completo casi inmediatamente. Y al punto oímos los huesos del infortunado crugir en el vientre de la serpiente, que bajó del árbol y nos dejó aniquilados de espanto y de dolor. Y pensamos: «¡Por Alah, este nuevo género de muerte es más detestable que el anterior! ¡La alegría de haber escapado del asador del hombre negro, se convierte en un presentimiento peor aún que cuanto hubiéramos de experimentar! ¡No hay recurso más que en Alahl»
Tuvimos en seguida alientos para bajar del árbol y recoger algunas frutas que nos comimos, satisfaciendo nuestra sed con el agua de los arroyos. Tras de lo cual, vagamos por la isla en busca de cualquier abrigo más seguro que el de la precedente noche, y acabamos por encontrar un árbol de una altura prodigiosa, que nos pareció podría protegernos eficazmente. Trepamos a él al hacerse de noche y ya instalados lo mejor posible, empezábamos a dormimos, cuando nos despertó un silbido seguido de un rumor de ramas tronchadas, y antes de que tuviésemos tiempo de hacer un movimiento para escapar, la serpiente cogió a mi compañero, que se había encaramado por debajo de mí y de un solo golpe le devoró hasta las tres cuartas partes. La vi luego enroscase al árbol, haciendo rechinar los huesos de mi último compañero hasta que terminó de devorarle. Después se retiró, dejándome muerto de miedo.
Continué en el árbol sin moverme hasta por la mañana, y únicamente entonces me decidí a bajar. Mi primer movinúento fue para tirarme al mar con objeto de concluir una vida miserable y llena de alarmas cada vez más terribles; en él camino me paré, porque mi alma, don precioso, no se avenía a tal resolución; y me sugirió una idea a la cual debo el haberme salvado.
Empecé a buscar leña, y encontrándola en seguida, me tendí en tierra y cogí una tabla grande que sujetó a las plantas de mis pies en toda su extensión; cogí luego una segunda tabla que até a mi costado izquierdo, otra a mi costado derecho, la cuarta me la puse en el vientre, y la quinta, más ancha y más larga que las anteriores, la sujeté a mi cabeza. De este modo me encontraba rodeado por una muralla de tablas que oponían en todos sentidos un obstáculo a las fauces de la serpiente. Realizado aquello, permanecí tendido en el suelo, y esperé lo que me reservaba el Destino.
Al hacerse de noche, no dejó de ir la serpiente. En cuanto me vio, arrojóse sobre mí dispuesta a sujetarme en su vientre; pero se lo impidieron las tablas.


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