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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.288

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¡Nuestra muerte será un martirio que se tendrá en cuenta el día de la Retribución!» Entonces exclamaron los mercaderes: «¡Por Alah! ¡Es una idea excelente y una acción razonable!»
Al momento nos dirigimos a la playa y construimos la balsa en cuestión, en la cual tuvimos cuidado de poner algunas provisiones, tales como frutas y hierbas comestibles; luego volvimos al palacio para esperar, temblando, la llegada del hombre negro.
Llegó precedido de un ruido atronador, y creíamos ver entrar a un enorme perro rabioso. Todavía tuvimos necesidad de presenciar sin un murmullo cómo ensartaba y asaba a uno, de nuestros compañeros, a quien escogió por su grasa y buen aspecto, tras del palpamiento y manoseo. Pero cuando el espantoso bruto se durmió y comenzó a roncar de un modo estrepitoso, pensamos en aprovecharnos de su sueño con objeto de hacerle inofensivo para siempre.
Cogimos a tal fin dos de los inmensos asadores de hierro, y los calentamos al fuego hasta que estuvieron al rojo blanco; luego los empuñamos fuertemente por el extremo frío, y como eran muy pesados, llevamos, entre varios cada uno. Nos acercamos a él quedamente, y entre todos hundimos a la vez ambos asadores en ambos ojos del horrible hombre negro que dormía, y apretamos con todas nuestras fuerzas para que cegase en absoluto.
Debió sentir seguramente un dolor extremado, porque el grito que lanzó fue tan espantoso, que al oírlo rodamos por el suelo a una distancia respetable. Y saltó él a ciegas, y aullando y corriendo en todos sentidos, intentó coger a alguno de nosotros. Pero habíamos tenido tiempo de evitarlo y tirarnos al suelo de bruces a su derecha y a su izquierda, de manera que a cada vez sólo se encontraba con el vacío. Así es que, que no podía realizar su proposito, acabó por dirigirse a tientas a la puerta y salió dando gritos espantosos.
Entonces, convencidos de que el gigante ciego moriría por fin en su suplicio, Comenzamos a tranquilizarnos, y nos dirigimos al mar con paso lento. Arreglamos un poco mejor la balsa, nos embarcamos en ella, la desamarramos de la orilla, y ya ibamos a remar para alejamos, cuando vimos al horrible gigante ciego que llegaba corriendo, guiado por una hembra gigante todavía más horrible y antipática que él. Llegados que fueron a la playa, lanzaron gritos amedrentadores al ver que nos alejábamos, después cada uno de ellos comenzó a apedreamos, arrojando a la balsa trozos de peñasco. Por aquel procedimiento consiguieron alcanzarnos con sus proyectiles y ahogar a todos mis compañeros, excepto dos. En cuanto a los tres que salimos con vida, pudimos al fin alejamos y ponemos fuera del alcance de los peñascos que lanzaban.
Pronto llegamos a alta mar, donde nos vimos a merced del viento y empujados hacia una isla que distaba dos días de aquella en que creíamos perecer ensartados y asados. Pudimos encontrar allá frutas, con lo que nos libramos de morir de hambre; luego, como la noche iba ya avanzada, trepamos a un gran árbol para dormir en él.


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