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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.279

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Hube de contentarme, pues, con medirla; puse una señal sobre la huella de mi primer paso en la arena y de nuevo la di la vuelta contando mis pasos. Por este proedimiento supe que su circunfencia exacta era de cincuenta pasos, más bien que menos.
Mientras reflexionaba sobre el media de que me valdría para dar con alguna puerta de entrada a salida de la tal cúpula, advertí que de pronto desaparecía el sol y que el día se tornaba en una noche negra. Primero lo creí debido a cualquier nube inmensa que pasase por delante del sol, aunque la casa fuera imposible en pleno verano. Alcé, pues, la cabeza para mirar la nube que tanto me asombraba, y vi un pájaro enorme de alas formidables que volaba por delante de los ojos del sol, esparciendo la obscuridad sobre la isla.
Mi asombro llegó entonces a sus límites extremas, y me acordé de lo que en mi juventud me habían contado viajeros y marineros acerca de un pájaro de tamaño extraordinario, llamado «rokh», que se encontraba en una isla muy remota y que podía levantar un elefante. Saqué entones como conclusión que el pájaro que yo veía debía ser el rokh, y la cúpula blanca a cuyo pie me hallaba debía ser un huevo entre los huevos de aquel rokh. Pero, no bien me asaltó esta idea, el pájaro descendió sobre el huevo y se posó enecima como para empollarle. ¡En efecto, extendió sobre el huevo sus alas ínmensas, dejó descansando a ambos lados en tierra sus dos patas, y se durmió encima! (¡Bendito El que no duerme en toda la eternidad!)
Entonces yo, que me había echado de bruces en el suelo, y precisamente me encontraba debajo de una de las patas, lo cual me pareció más gruesa que el tronco de un árbol añoso, me levanté con viveza, desenrollé la tela de mi turbante y luego de doblarla, la retorcí para servirme de ella como de una soga. La até sólidamente a mi cintura y sujeté ambos cabos con un nudo resistente a un dedo del pájaro. Porque que dije para mí: «Este pájaro enorme acabará por remontar el vuelo, con lo que me sacará de esta soledad y me transportará a cualquier punto donde pueda ver seres humanos. ¡De cualquier modo, el lugar en que caiga será preferible a esta isla desierta, de la que soy el único habitante!»
¡Eso fue todo! ¡Y a pesar de mis movimientos, el pájaro no se cuidó de mi presencia más que si se tratara de alguna mosca sin importancia o alguna humilde hormiga que por allí pasase!
Así permanecí toda la noche, sin poder pegar ojo por temor de que el pájaro echase a volar y me llevase durante mi sueño. Pero no se movió hasta que fue de día. Sólo entonces se quitó de encima de su huevo, lanzó un grito espantoso, y remontó el vuelo, llevándome, consigo. Subió y subió tan alto, que creí tocar la bóveda del cielo; pero de pronto descendió con tanta rapidez, que ya no sentía yo mi propio peso, y abatióse conmigo en tierra firme.


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