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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.275

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¡Y quisiéramos vender esas mercancías para entregar su importe a los parientes del difunto de Bagdad, morada de paz!»
Emocionada entonces hasta el último límite de la emoción, exclamé:
«¿Y cómo se llamaba ese mercader, ¡oh capitán!?» Me contestó: «¡Sindbad el Marino!»
A estas palabras miré con más detenimiento al capitán, y reconocí en él al dueño del navío que se vio precisado a abandonarnos encima de la ballena. Y grité con toda mi voz: «¡Yo soy Sindbad el Marino!»
Luego añadí: «Cuando se puso en movimiento la ballena a causa del fuego que encendieron en su lomo, yo fui de los que no pudieron ganar tu navío y cayeron al agua. Pero me salvé gracias a la cubeta de madera que habían transportado los mercaderes para lavar allí su ropa. Efectivamente, me puse a horcajadas sobre aquella cubeta y agité los pies a manera de remos. ¡Y sucedió lo que sucedió con la venia del Ordenador!»
Y conté al capitán cómo pude salvarme y a través de cuántas vicisitudes había llegado a ejercer las altas funciones de escriba marítima al lado del rey Mihraján.
Al escucharme el capitán, exclamó: «¡No hay recursos y poder más que en Alah el Altísimo, el Omnipotente....

En este. momento de su narración Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 294 NOCHE

Ella dijo:

... «¡No hay recursos y poder más que en Alah el Altísimo, el Omnipotente! ¡Ya no queda conciencia ni honradez en ninguna criatura de este mundo! ¿Cómo osas afirmar que eres Sindbad el Marino, ¡oh escriba astuto! cuanto todos nosotros le vimos por nuestros propios ojos ahogarse con los demás mercaderes? ¡Vergüenza sobre ti por mentir con impudicia tanta!»
Entonces le contesté: «¡Cierto ¡oh capitán! que la mentira es la renta de los bellacos! ¡Pero escúchame, porque voy a probarte que soy Sindbad el ahogado!» Y conté al capitán diversos incidentes que sólo conocíamos él y yo, y que sobrevinieron durante aquella maldita travesía. El capitán entonces no dudó ya de mi identidad y llamó a los que iban en el barco, y todos me felicitaron por mi salvamento, y me dijeron, «¡Por Alah, no podemos creer que lograras librarte de perecer ahogado! ¡Alah te concedió una segunda vida!»
Tras de lo cual apresuróse el capitán a devolverme mis mercancías, que yo hice transportar al zoco en el momento, después de asegurarme de que no faltaba nada y de que todavía aparecían en dos fardos mi nombre y mi sello.
Una vez en el zoco, abrí mis fardos y vendí mis mercancías con un beneficio deciento por una; pero tuve cuidado de reservarme algunas objetos de valor, que me apresure a ofrecer como presente al rey Mihraján.
Le relaté la llegada del capián del navío, y el rey asombróse en extremo de este acontecimiento inesperado, y como me quería mucho, no quiso ser menos amable que yo, y a su vez me hizo regalos inestimables que contribuyeron no poco a enriquecerme completamente.


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