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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.272

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De esta suerte pude pasearme lentamente entre los árboles, comiendo frutas, y pasaba largos ratos admirando aquel país y extasiándome ante la obra del Todopoderoso.
Un día que me paseaba por la ribera, vi aparecer en lontananza una cosa que me pareció un animal salveje o algún monstruo entre los monstruos del mar. Tanto hubo de intrigarme aquella cosa, que, a pesar de los sentimientos diversos que en mí se agitaban, me acerqué a ella, ora avanzando, ora retrocediendo. Y acabé por ver que era una yegua maravillosa atada a un poste. Tan bella era, que intenté aproximarme más, para verla todo lo cerca posible, cuando de pronto me aterró un grito espantoso, dejándome clavado en el suelo, por más que mi deseo fuera huir cuanto antes; y en el mismo instante surgió de debajo de la tierra un hombre que avanzó a grandes pasos hacia donde yo estaba, y exclamó: «¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes? ¿Y qué motivo te impulsó a aventurarte hasta aquí?»
Yo contesté: «¡Oh señor! Sabe que soy un extranjero que iba abordo de un navío y naufragué con otros varios pasajeros. ¡Pero Alah me facilitó una cubeta de madera a la que me así y que me sostuvo hasta que fui despedido a esta costa por las olas!»
Cuando oyó mis palabras, cogióme de la mano y me dijo: «¡Sigueme!» Y le seguí. Entonces me hizo bajar a una caverna subterránea y me obligó a entrar en un salón, en cuyo sitio de honor me invitó a sentarme, y me llevó algo de comer, porque yo tenía hambre. Comí hasta hartarme y apaciguar mi ánimo. Entonces me interrogó acerca de mi aventura y se la conté desde el principio al fin; y se asombró prodigiosamente. Luego añadí: «¡Por Alah sobre ti, ¡oh dueño mío! no te enfades demasiado por lo que voy a preguntarte! ¡Acabo de contarte la verdad de mi aventura, y ahora anhelaría saber el motivo de tu estancia en esta sala subterránea y la causa por qué atas sola a esa yegua en la orilla del mar!»
El me dijo: «Sabe que somos varios las que estamos en esta isla, situados en diferentes lugares, para guardar los caballos del rey Mihraján. Todos los meses, al salir la luna nueva, cada uno de nosotros trae aquí una yegua de pura raza, virgen todavía, la ata en la ribera y en seguida se oculta en la gruta subterránea. Atraído entonces por el olor a hembra, sale del agua uno caballo entre los caballos marinos, que mira a derecha y a izquierda, y al no ver a nadie salta sobre la yegua y la cubre. Luego, cuando ha acabado su cosa con ella, desciende de sus ancas e intenta llevarla consigo. Pero ella no puede seguirle, porque está atada al poste; entonces relincha muy fuerte él y le da cabezazos y coces, y relincha cada vez mas fuerte. Le oímos nosotros y comprendemos que ha acabado de cubrirla; inmediatamente salimos par todos lados, y corremos hacia él lazando grandes gritos, que le asustan y le obligan a entrar en el mar de nuevo.


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