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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.236

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Al verlo, el rey de la China se echó a reír ruidosamente y le dijo: «¡Oh Silencioso! Me han dicho que sabes contar historias admirables y llenas de maravillas. Quisiera oírte algunas de las que sabes referir tan bien.» El barbero contestó: «¡Oh rey del tiempo! no te han engañado al ponderarte mis cualidades, pero en primer lugar desearía saber lo que hacen aquí, reunidos, ese corredor nazareno, ese judío, ese musulmán, y ese jorobeta muerto, tumbado en el suelo. ¿De dónde procede esta extraña reunión?» Y el rey de la China se rió mucho y replicó: «¿Y por qué me interrogas respecto a gente que te es desconocida?» El barbero dijo: «Pregunto solamente para demostrar a mi rey que no soy un charlatán indiscreto, que no me ocupo nunca en lo que no me importa, y que soy inocente de las calumnias que me dirigen, como la de llamarme hablador y lo demás. Sabe, por tanto, que soy digno de ostentar el sobrenombre de Silencioso, pues el poeta dijo:

¡Cuando tus ojos vean a una persona con un sobrenombre, sabe que, como indagues bien, siempre acabará por surgir el sentido del sobrenombre!»

Entonces dijo el rey: «Mucho me agrada este barbero. Voy a contarle la historia del jorobado, y luego las relatadas por el nazareno, el judío, el intendente y el sastre.» Y el rey refirió al barbero todas las historias, sin omitir una particularidad. Pero no es necesario repetirlas.
Cuando el barbero hubo oído las historias y supo, la causa de la muerte del jorobado, empezó a menear gravemente la cabeza, y exclamó: «¡Por Alah! ¡Cosa extraordinaria es esa y me sorprende grandemente! A ver, levantad el velo que cubre el cadáver, que yo lo vea.»
Y cuando se descubrió el cadáver, el barbero se sentó en el suelo, puso la cabeza del jorobado en sus rodillas y le miró atentamente a la cara. Y de pronto soltó tal carcajada, que la fuerza de la risa le hizo caer. Y exclamó: «En verdad, toda muerte tiene una causa entre las causas. Y la causa de la muerte de este jorobado es la cosa más sorprendente de las cosas sorprendentes. Porque merece ser escrita con hermosas letras de oro en los registros del reino, para enseñanza de los hombres futuros.»
Y el rey, pasmado al oír las palabras del barbero, le dijo: «¡Oh barbero, oh Silencioso! explícanos el sentido de tus palabras.» Y el barbero replicó: «¡Oh rey! te juro por tu gracia y tus beneficios que tu jorobado tiene el alma en el cuerpo. Y lo vas a ver.» Y en seguida sacó de su cinturón un frasquito con un ungüento, empapó con él el pescuezo del jorobado y le vendó el cuello con un paño de lana. Después aguardó que transcurriera una hora. Sacó entonces del mismo cinturón unas largas tenazas de hierro, las introdujo en el garguero del jorobado, manipuló en varios sentidos, y las sacó al fin, llevando en ellas el pedazo de pescado y la espina, causa de lo ocurrido al jorobeta.


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