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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.229

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Y al oír estas palabras, exclamó el viejo jeique: «¡Por Alah! ¿Es posible que estando yo en esta ciudad se vea un ser humano en el estado de miseria en que te hallas? ¡Cosa es que realmente no puedo tolerar con paciencia!» Y mi hermano, levantando las dos manos al cielo, dijo «Alah te otorgue su bendición! ¡Benditos sean tus generadores!» Y el jéique repuso: «Es de todo punto necesario que te quedes en esta casa para compartir mi comida y gustar la sal en mi mesa.» Y mi hermano dijo: «Gracias te doy, ¡oh mi señor y dueño! Pues no podría estar más tiempo en ayunas, como no me muriese de hambre.» Entonces el viejo dio dos palmadas y ordenó a un esclavo que se presentó inmediatamente: «¡Trae en seguida el jarro y la palangana de plata para que nos lavemos las manos!» Y dijo a mi hermano Schakalik: «¡Oh huésped! Acércate y lávate las manos.»
Y al decir esto, el jeique se levantó y aunque el esclavo no había vuelto, hizo ademán de echarse agua en las manos con un jarro invisible y restregárselas como si tal agua cayese.
Al ver esto, no supo qué pensar mi hermano Schakalik; pero como el viejo insistía para que se acercase a su vez, supuso que era una broma, y como él tenía también fama de divertido, hizo ademán de lavarse las manos lo mismo que el jeique. Entonces el anciano dijo: ¡Oh vosotros! poned el mantel y traed la comida, que este pobre hombre está rabiando de hambre.»
Y en seguida acudieron numerosos servidores, que empezaron a ir y venir como si pusieran el mantel y lo cubriesen de numerosos platos llenos hasta los bordes. Y Schakalik aunque muy hambriento, pensó que los pobres deben respetar los caprichos de los ricos, y se guardó mucho de demostrar impaciencia alguna. Entonces el jeique le dijo: «¡Oh huésped! siéntate a mi lado, y apresúrate a hacer honor a mi mesa.» Y mi hermano se sentó a su lado, junto al mantel imaginario, y el viejo empezó a fingir que tocaba a los platos y que se llevaba bocados a la boca, y movía las mandíbulas y los labios como si realmente mascase algo. Y le decía a mi hermano: «¡Oh huésped! mi casa es tu casa y mi mantel es tu mantel; no tengas cortedad y come lo que quieras, sin avergonzarte. Mira qué pan; cuán blanco y bien cocido. ¿Cómo encuentras este pan?» Schakalik contestó: «Este pan es blanquísimo y verdaderamente delicioso; en mi vida he probado otro que se le parezca.» El anciano dijo: «¡Ya lo creo! La negra que lo amasa es una mujer muy hábil. La compré en quinientos dinares de oro. Pero ¡oh huésped! prueba de esta fuente en que ves esa admirable pasta dorada de kebeba con manteca, cocida al horno. Cree que la cocinera no ha escatimado ni la carne bien machacada, ni el trigo mondado y partido, ni el cardamomo, ni la pimienta.


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