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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.215

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Y somete en seguida al mismo tormento a estos hombres para poner en claro este asunto.» Y el walí dispuso:
«¡Coged a ese hombre, echadlo en el suelo, y apaleadle hasta que confiese!» Entonces las guardias agarraron al ciego fingido, Y uno le sujetaba los pies, y los demás principiaron a darle de palos en ellos. A los diez palos, el supuesto ciego empezó a dar gritos y abrió un ojo, pues hasta entonces los había tenido cerrados. Y después de recibir otros cuantos palos, no muchos, abrió ostensiblemente el otro ojo.
Y el walí enfurecido, le dijo: «¿Qué farsa es ésta, miserable embusteso?» Y el ladrón contestó; «Que suspendan la paliza y lo explicaré todo.» Y el walí mandó suspender el tormento, y el ladrón dijo: «Somos cuatro ciegos fingidos, que engañamos a la gente para que nos de limosna. Pero además simulamos nuestra ceguera para poder entrar fácilmente en las casas, ver las mujeres con la cara descubierta, y al mismo tiempo examinar el interior de las viviendas y preparar los robos sobre seguro. Y como hace bastante tiempo que ejercemos este oficio tan lucrativo, hemos logrado juntar entre todos hasta diez mil dracmas. Y al reclamar mi parte a estos hombres, no sólo se negaron a dármela, sino que me apalearon, y me habrían matado a golpes si los guardias no me hubiesen sacado de entre sus manos. Esta es la verdad, ¡oh walí! Pero ahora, para que confiesen mis compañeros, tendrás que recurrir al látigo, como hiciste conmigo. Y así hablarán. Pero que les den de firme, porque de lo contrario no confesarán nada. Y hasta verás cómo se obstinan en no abrir los ojos, como yo hice.»
Entonces el walí mandó azotar a mi hermano el primero de todos. Y por más que protestó y dijo que era ciego de nacimiento, le siguieron azotando hasta que se desmayó. Y como al volver en sí tampoco abrió los ojos, mandó el walí que le dieran otros trescientos palos, y luego trescientos más, y lo mismo hizo con los otros dos ciegos, que tampoca los pudieron abrir, a pesar de los golpes Y a pesar de las consejos que les dirigía el ciego fingido, su campañero improvisado.
Y en seguida, el walí encargó a este ciego fingido que fuese a casa de mi hermano Bacbac y trajese el dinero. Y entonces dio a este ladrón dos mil quinientos dracmas, o sea la cuarta parte del dinero, y se quedó con los demás.
En cuanto a mi hermano y los otros dos ciegos, el walí les dijo: «¡Miserables hipócritas! ¿Conque coméis el pan que os concede la gracia de Alah, y luego juráis en su nombre que sois ciegos? Salid ds aquí y que no se os vuelva a ver en Bagdad ni un solo día.»
Y yo, ¡oh Emir de las Creyentes! en cuanto supe todo esto salí en busca de mi hermano, lo encontré, lo traje secretaanente a Bagdad, lo metí en mi casa, y me encargué de darle de comer Y vestirla mientras viva.


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