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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.213

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Era mendigo de oficio, y uno de los principales de la cofradía de los pordioseros de Bagdad, de nuestra ciudad.
Cierto día, la voluntad de Alah y el Destina permitieron que mi hermano llegase a mendigar a la puerta de una casa. Y mi hermano Bacbac, sin prescindir de sus acostumbradas invocaciones para pedir limosna: «¡Oh donador, oh generoso!», dio con el palo en la puerta.
Pero conviene que sepas, ¡oh Comendador de los Creyentes! que mi hermano Bacbac, igual que los más astutos de su cofradía, no contestaba cuando, al llamar a la puerta de uno casa, le decían: «¿Quién es?» Y se callaba para obligara que abriesen la puerta, pues de otro modo, en lugar de abrir, se contentaban con responder desde dentro: «´¡Alah te ampare!» Que es el modo de despedir a los mendigos.
De modo que aquel día, por más que desde la casa preguntasen: ¿Quién es?», mi hermano callaba. Y acabó por oír pasos que se acercaban, y que se abría la puerta. Y se presentó un hombre al cual Bacbac, si no hubiera estado ciego, no habría pedido limosna seguramente. Pero aquel era su Destino. Y cada hombre lleva su Destino atado, al cuello.
Y el hombre le preguntó: «¿Qué deseas?» Y mi hermano Bacbac respondió: «Que me des una limosna, por Alah el Altísimo.» El hombre volvió a preguntar: «¿Eres ciego?» y Bacbac dijo: «Sí, mi amo y muy pobre.» Y el otro repuso: «En ese caso, dame la mano para que te guíe.» Y le dio la mano, y el hombre lo metió en la casa, y lo hizo subir escalones y más escalones; hasta que lo llevó a la azotea, que estaba muy alta Y mi hermano, sin aliento, se decía: «Seguramente, me va a dar las sobras de algún festín.»
Y cuando hubieron llegado a la azotea, el hombre volvió a preguntar: «¿Qué quieres, ciego?» Y mi. hermano, bastante asombrado, respendió: «Una limosna por Alah.» Y el otro replicó: «Que Alah te abra el día en otra parte:» Entonces Bacbac le dijo: «¡Oh tú, un tal! ¿no podías haberme contestado así cuando estábamos abajo?» A lo cual replicó el otro: «¡Oh tú, que vales menos! ¿por qué no me contestaste cuando yo preguntaba desde dentro: «¿Quién es? ¿Quién está a la puerta?» ¡Conque lárgate de aquí en seguida, o te haré rodar como una bola, asqueroso mendigo de mal agüero!» Y Bacbác tuvo que bajar más que de prisa la escalera completamente solo.
Pero cuando le quedaban unos veinte escalones dio un mal paso, y fue rodando hasta la puerta. Y al caer se hizo una gran contusión en la cabeza, y caminaba gimiendo por la calle. Entonces varios de sus compañeros, mendigos y ciegos como él al oírle gemir le preguntarte la causa, y Bacbac les refirió, su desventura. Y después les dijo: «Ahora tendréis que acompañarme a casa para cojer dinero con que comprar comida para este día infructuoso y maldito. Y habrá que recurrir a nuestros ahorros, que, como sabéis, son importantes, y cuyo depósito me habéis confiado.


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