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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.211

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Y mi hermano vio que el interior del palacio era muy bello, pero que era más bello aún lo que encerraba. Porque se encontró en medio de cuatro muchachas como lunas. Y esas jóvenes estabas tendidas sobre riquísimos tapices y entonaban con una voz deliciosa canciones de amor.
Después de las zalemas aeostumbradas, una de ellas se levantó, llenó una copa y la bebió. Y mi hermano Haddar le dijo:´ «Que te sea sano y delicioso y aumente tus fuerzas.» Y se aproximo a la joven, para tomar la copa vacía y ponerse a sus órdenes. Pero ella llenó inmediatamente la copa y se la ofreció. Y Haddar, cogiendo la copa, se puso a beber, Y mientras él bebía, la joven empezó a acariciarle la nuca pero de pronto lee gdpeó con tal saña, que mi hermana acabó por enfadarse. Y se levantó para irse, olvidando su promesa de soportarlo todo sin protestar. Y entonces se acercó la vieja y le guiñó el ojo, como diciéndole: «¡No hagas eso! Quédate y aguarda hasta, el fin.» Y mi hermano obedeció, y hubo de sopórtar pacientemente todos los caprichos de la joven. Y las otras tres porfiaron en darle bromas no menos pesadas: una le tiraba de las orejas como para arrancárselas, otra le daba capirotazos en la nariz, y la tercera le pellizcaba con las uñas. Y mi hermano lo tomaba con mucha resignación, porque la vieja le seguía haciendo señas de que callase. Por fin, para premiar su paciencia, se levantó la joven más hermosa y le dijo que se desnudase. Y mi hermano obedeció sin protestar. Y entonces la joven cogió un hisopo, le roció con agua de rosas, y le dijo: «Me gustas mucho, ¡ojo de mi vida! Pero me fastidian las barbas y los bigotes, que pinchan la piel. De modo que, si me quieres, te has de afeitar la cara.» Y mi hermano contestó: «Pues eso no puede ser, porque sería la mayor vergüenza que me podría ocurrir.» Y ella dijo: «Pues no podré amarte de otro modo. No hay más remedio.» Y entonces mi hermano dejó que la vieja le llevase a una habitación contigua, donde le cortó la barba y se la afeitó, y después los bigotes y las cejas. Y luego le embadurnó la cara con colorete y polvos, y lo condujo a la sala donde estaban las jóvenes. Y al verle les entró tal risa, que se doblaron.
Después se le acercó la más hermosa de aquellas jóvenes y le dijo: «¡Oh dueño mío! Tus encantos acaban de conquistar mi alma. Y sólo he de pedirte un favor, y es que así, desnudo como estás y tan lindo, ejecutes delante de nosotras una danza que sea graciosa y sugestiva.» Y como El-Haddar no pareciese muy dispuesto, prosiguió la joven: «Te conjuro por mi vida a que lo hagas. Y después lograrás de mí lo que tú sabes.» Entonces, al son de la dorabuka, manejada por la vieja, mi hermano se ató a la cintura un pañuelo de seda y se puso a bailar en medio de la sala.


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