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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.209

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» Y efectivamente, mi hermano vió aparecer en el tragaluz a la joven, deshecha en lágrimas, y se lamentaba y decía: «¡Oh querido míol ¿por qué me pones tan mala cara y estás tan enfadalo que ni siquiera me miras? Te juro por tu vida que cuanto te ha pasado en el molino ha hecho a espaldas mías. En cúanto a esa esclava loca, no quiero que la mires siquiera. En alelante, yo sola seré tuya,» Y mi hermano Bacbuk levantó entonces la cabeza y miró a la joven. Y esto le bastó para olvidar todas las tribulaeianes pasadas y para hartar sus ojos contemplando aquella hermosura. Después se puso a hablarle por señas, y ella con él, hasta que Bacbuk se convenció de que todas sus desgracias no le habían pasado a él, sino a otro cualquiera.
Y con la esperanza de ver a la joven, siguió cortando y cosiendo camisas, calzoncillos, ropa interior y ropa exterior, hasta que an día fue a buscarle la esclava blanca, y le dijo: «Mi señora te saluda. Y como mi amo y esposo suyo se marcha esta noche a un banquete que le dan sus amigos, y no volverá hasta par la mañana, te aguardará impaciente mi señora para pasar contigo esta noche entre delicias.» Y el infeliz Bacbuk estuvo a punto de volverse loco al oír tal noticia.
Porque la astuta casada había combinado un último plan, de acuerdo con su marido, para deshacerse de mi hermano, y verse libres, ella y él, de pagarle toda la ropa que le habían encargado. Y eI propietario de la casa había dicho a su mujer: «¿Cómo haríamos que entrase en tu aposento para sorprenderle y llevarle a casa del walí?» Y la mujer contestó: «Déjame obrar a mi gusto, y lo engañaré con tal engaño y lo comprometeré en tal compromiso, que toda la ciudad se ha de burlar de él.»
Y Bacbuk no se figuraba nada de esto, pues desconocía en absoluto todas las astucias y todas las emboscadas de que son capaces las mujeres. Así es que, llegada la noche, fue a buscarle la esclava, y lo llevó a las habitaciones de su señora, que en seguida se levantó, le sonrió, y le dijo: «¡Por Alah! ¡Dueño mío, qué ansias tenía de verte junta a mí!» Y Bacbuk contestó: «¡Y yo también! ¡Pero démonos prisa, y ante todo, un beso! Y en seguida...» Pero aún no había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta y entró el marido con dos esclavos negros, que se precipitaron sobre mi hermano Bacbuk, lo ataron, lo arrojaron al suelo y empezaron por acariciarle la espalda con sus látigos. Después se le echaron a cuestas para llevarle a casa del walí. Y el walí le condenó a que le diesen doscientos azotes, y después le montaran en un camello y le pasearan por todas las calles de Bagdad. Y un pregonero iba gritando: «¡De esta manera se castigará a todo hombre que asalte a la mujer del prójimo!»


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