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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.195

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Pero, en realidad, he de confesarte que no comprendo tu impaciencia ni me explico su causa. ¿No sabes que tu padre no emprendía nunca nada sin consultar antes mi opinión? Y a fe que en esto seguía el proverbio que dice: «¡El hombre que pide consejo se resguarda!» Y yo, está seguro de ello, soy un hombre de valía, y no encontrarás nunca tan buen consejero como éste tu servidor, ni persona más versada en los preceptos de la sabiduría y en el arte de dirigir hábilmente los negocios. Heme, pues, aquí, plantado sobre mis dos pies, aguardando tus órdenes y dispuesto por completo a servirte. Pero dime; ¿cómo es que tú no me aburres y en cambio te veo tan fastidiado y tan furioso? Verdad que si tengo tanta paciencia contigo es sólo por respeto a la memoria de tu padre, a quien soy deudor de muchos beneficios.» Entonces le repliqué: «¡Por Alah! ¡Ya es demasiado! Me estás matando con tu charla. Te repito que sólo te he mandada llamar para que me afeites la cabeza y te marches en seguida.»
Y diciendo esto, me levante muy furioso, y quise echarle y alejarle de allí, a pesar de tener ya mojado y jabonado el cráneo. Entonces, sin alterarse, prosiguió: «En verdad que acabo de comprobar que te fastidio sobremanera. Pero no por eso te tengo mala voluntad, pues comprendo que tu inteligencia no está muy desarrollada; y que además eres todavía demasiado joven. Pues no hace mucho tiempo que aún te llevaba yo a caballo sobre mis espaldas, para conducirte de este modo a la escuela, a la cual no querías ir» Y le contesté: «¡Vamos;, hermano, te conjuro por Alah y por su verdad santa, que te vayas de aquí y me dejes dedicarme a mis ocupaciones! ¡Vete por tu camino!» Y al pronunciar estas palabras, me dio tal ataque de impaciencia, que me desgarré las vestiduras y empecé a dar gritos inarticulados, corno un loco.
Y cuando el barbero me vio en aquel estado, se decidió a coger la navaja y a pasarla por la correa que llevaba a la cintura. Pero gastó tanto tiempo en pasar y repasar el acero por el cuero, que estuve a punto de que se me saliese el alma del cuerpo. Pero, al fin, acabó por acercarse a mi cabeza, y empezó a afeitarme por un lado, y, efectivamente, iban desapareciendo algunos pelos. Después se detuvo, levantó la mano, y me dijo: «¡Oh joven dueño mío!„ Los arrebatos son tentaciones del Cheitán.» Y me recitó estas estrofas:

¡Oh sabio! ¡Medita mucho tiempo tus propósitos, y no tomes nunca resoluciones precipitadas, sobre todo cuando te elijan para ser juez en la tierra!
¡Oh juez! ¡Nunca juzgues con dureza, y encontrarás misericordia cuando te toque el turno fatal!
¡Y no olvides jamás que no hay en la tierra mano tan poderosa que no puede ser humillada, por la mano de Alah, que la domina!
¡Y tampoco olvides que el tirano ha de- encontrar siempre otro tirano que le oprimirá!


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