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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.179

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» Después se fue y me dejó solo.
En cuanto a mí, estuve diez días completamente solo y sin verla. Pero pasados los diez días, vino a buscarme y me dijo: «¡Oh tú, el de la cara ennegrecida! ¿Tan poca cosa soy para ti, que comiste ajo la noche de la boda?» Después llamó a sus siervas y les dijo: «¡Atadle los brazos y las piernas!» Y entonces me ataron los brazos y las piernas, y ella cogió una cuchilla de afeitar bien afilada y me cortó los dos pulgares de las manos y los dedos gordos de ambos pies. Y por eso, ¡oh todos vosotros! me veis sin pulgares en las manos y en los pies.
En cuanto a mí, caí desmayado. Entonces ella echó en mis heridas polvos de una raíz aromática, y así restañó la sangre. Y yo dije, primero entre mí y luego en alta voz: «¡No volveré a comer rozbaja sin lavarme después las manos cuarenta veces con potasa, cuarenta con sosa y cuarenta con jabón!»´ Y al oírme, me hizo jurar que cumpliría esta promesa, y que no comería rozbaja sin cumplir con exactitud lo que acababa de decir.
Por eso, cuando me apremiabais todos los aquí reunidos a comer de ese plato de rozbaja que hay, en la mesa, he palidecido y me he dicho: «He aquí la rozbaja que me costó perder los pulgares.» Y al empeñaros en que la comiera, me vi obligado por mi juramento a hacer lo que visteis.»
Entonces, ¡oh rey de los siglos! -dijo el intendente continuando la historia, mientras los demás circunstantes estaban escuchando- pregunté al joven mercader de Bagdad: «¿Y qué te ocurrió luego con tu esposa?» Y él me contestó:
«Cuando hice aquel, juramento ante ella, se tranquilizó su corazón, y acabó por perdonarme. Y ¡por Alah! recuperé bien el tiempo perdido y olvidé mis pesares. Y permanecimos unidos largo tiempo de aquel modo. Después ella me dijo: «Has de saber que nadie de la corte del califa sabe lo que ha pasado entre nosotros. Eres el único que logró introducirse en este palacio. Y has entrado gracias al apoyo de El-Sayedat Zobeida.» Después me entregó diez mil dinares de oro, diciéndome; `Toma éste dinero y ve a comprar una buena casa en que podamos vivir los dos.»
Entonces salí, y compré una casa magnífica. Y allí transporté las riquezas de mi esposa y cuantos regalos le habían hecho, los objetos preciosos, telas, muebles y demás cosas bellas. Y todo lo puse en aquella casa que había comprado. Y vivimos juntos hasta el límite de los placeres y de la expansión.
Pero al cabo de un año, por voluntad de Alah, murió mi mujer. Y no busqué otra esposa, pues quise viajar. Salí entonces de Bagdad, después de haber vendido todos mis bienes, y cogí todo mi dinero y emprendí el viaje, hasta que llegué a esta ciudad.» Y tal es, ¡oh rey del tiempo! -prosiguió el intendente- la historia qué une refirió el joven mercader de Bagdad.


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