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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.176

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¡Pero solamente Alah sabe lo que se oculta en un corazón!»
Y así transcurrió todo un mes, cada día más atormentado mi espíritu por esas , reflexiones. Y los mercaderes vinieron a reclamarme su dinero en forma tan apremiante, que para tranquilizarlos hube de decirles que iba a vender mi tienda con todos los géneros, y mi casa y todos mis bienes. Me hallé, pues, próximo a la ruina, y estaba muy afligido, cuando vi a la joven que entraba en el zoco y se dirigía a mi tienda. Y al verla se desvanecieron todas mis zozobras, y hasta olvidé la triste situación en que me encontraba durante su ausencia. Y ella se me acercó, y con su voz llena de dulzura me dijo: «Saca la balanza, para pesar el dinero que te traigo.» Y me dio, en efecto, cuanto me debía y algo más, en pago de las compras que para ella había hecho.
En seguida se sentó a mi lado y me habló con gran afabilidad, y yo desfallecía de ventura. Y acabó por decirme: «¿Eres soltero o tienes esposa?» Y yo dije: «¡Por Alah! No tengo ni mujer legítima ni concubina.» Y al decirlo, me eché a llorar. Entonces ella me preguntó: «¿Por qué lloras?» Y yo respondí: «Por nada; es que me ha pasado una cosa por la mente.» Luego me acerqué a su criado, le di algunos dinares de oro y le rogué que sirviese de mediador entre ella y mi persona para lo que yo deseaba. Y él se echó a reír, y me dijo: «Sabe que mi señora está enamorada de ti. Pues ninguna necesidad tenía de comprar telas, y sólo las ha comprado para poder hablar contigo y darte a conocer su pasión. Puedes, por tanto, dirigirte a ella, seguro de que no te reñirá ni ha de contrariarte.»
Y cuando ella iba a despedirse, me vio entregar el dinero al servidor que la acompañaba. Y entonces volvio a sentarse y me sonrió. Y yo le dije: «Otorga a tu esclavo la merced que desea solicitar de ti y perdónale anticipadamente lo que va a decirte.» Después le hablé de lo que tenía en mi corazón. Y vi que. le agradaba, pues me dijo: «Este esclavo te traerá mi respuesta y te señalará mi voluntad. Haz cuanto te diga que hagas.» Después se levantó y se fue.
Entonces fui a entregar a los mercaderes su dinero con los intereses que les correspondían. En cuanto a mí, desde el instante que dejé de verla perdí todo mi sueño durante todas mis noches. Pero en fin, pasados algunos días, vi llegar al esclavo y lo recibí con solicitud y generosidad, rogándole que me diese noticias. Y él me dijo: «Ha estado enferma estos días;» Y yo insistí: «Dame algunos pormenores acerca de ella.» Y él respondió: «Esta joven ha sido educada por nuestra ama Zobeida, esposa favorita de Harun Al-Rachid, y ha entrado en su servidumbre. Y nuestra ama Zobeida la quiere como si fuese hija suya, y no la niega nada.


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