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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.171

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» Y ella replicó: «Enséñamelo; lo sajaremos, y te aliviarás.» Y yo respondí: «No es el momento oportuno para tal operación. No insistas, porque estoy resuelto a no sacar la mano.» Vacié por completo la copa, y seguí bebiendo cada vez que ella me la ofrecía, hasta que me poseyó la embriaguez, madre del olvido. Y tendiéndome en el misma sitio en que me hallaba, me dormí.
Al día siguiente, cuando me desperté, vi que me había preparado el almuerzo: cuatro pollos cocidos, caldo de gallina y vino abundante. De todo me ofreció, y comí y bebí, y después quise despedirme y marcharme. Pero ella me dijo: «¡Adónde piensas ir?» Y yo contesté: «A cualquier sitio en que pueda distraerme y olvidar las penas que me oprimen el corazón.» Y ella me dijo: «¡Oh, no te vayas! ¡Quédate un poco más!» Y yo me senté, y ella me dirigió una intensa mirada, y me dijo: «Ojo de mi vida, ¿qué locura te aqueja? Por mi amor te has arruinado. Además, adivino que tengo también la_ culpa de que hayas perdido la mano derecha. Tu sueño me ha hecho descubrir tu desgracia. Pero ¡por Alah! jamás me separaré de ti. Y quiero casarme contigo legalmente.»
Y mandó llamar a los testigos, y les dijo: «Sed testigos de mi casamiento con este joven. Vais a redactar el contrato de matrimonio, haciendo constar que me ha entregado la dote.»
Y los testigos redactaron nuestro contrato de matrimonio. Y ella les dijo: «Sed testigos asimismo de que todas las riquezas que me pertenecen, y que están en esa arca que veis, así como cuanto poseo, es desde ahora propiedad de este joven. Y los testigos lo hicieron constar, y levantaron acta de su declaración, así como de que yo aceptaba, y se fueron después de haber cobrado sus honorarios.
Entonces la joven me cogió de la mano, y me llevó frente a un armario, lo abrió y me enseñó un gran cajón, que abrió también y me dijo: «Mira lo que hay en esa caja.» Y al examinarla, vi que estaba llena de pañuelos, cada uno de los cuales formaba un paquetito. Y me dijo: «Todo esto son los bienes que durante el transcurso del tiempo fui aceptando de ti. Cada vez que me dabas un pañuelo con cincuenta dinares de oro, tenía yo buen cuidado de guardarlo muy oculto en esa caja. Ahora recobra lo tuyo. Alah te lo tenía reservado y lo había escrito en tu Destino. Hoy te protege Alah, y me eligió para realizar lo que él había escrito. Pero por causa mía perdiste la mano derecha, y no puedo corresponder como es debido a tu amor ni a tu adhesión a mi persona, pues no bastaría aunque para ello sacrificase mi alma.» Y añadió: «Toma posesión de tus bienes.» Y yo mandé fabricar una nueva caja, en la cual metí uno por uno los paquetes que iba sacando del armario de la joven.
Me levanté entonces y la estreché en mis brazos.


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