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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.170

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Y el walí le concedió esa gracia y se alejó. Y la gente me tuvo lástima, y me dieron un vaso de vino para infundirme alientos, pues había perdido mucha sangre, y me hallaba muy débil. En cuanto al jinete, se acercó a mí, me alargó el bolsillo y me lo puso en la mano, diciendo: «Eres un joven bien educado y no se hizo para ti el oficio de ladrón:» Y dicho esto se alejó, después de haberme obligado a aceptar el bolsillo. Y yo me marché también, envolviéndome el brazo con un pañuelo y tapándolo con la manga del ropón. Y me había quedado muy pálido y muy triste a consecuencia de lo ocurrido.
Sin darme cuenta, me fui hacia la casa de mi amiga. Y al llegar, me tendí extenuado en el lecho Pero ella, al ver mi palidez y mi decaimiento, me dijo: «¿Qué te pasa? ¿Cómo estás tan pálido?» Y yo contesté: «Me duele mucho la cabeza; no me encuentro bien.» Entonces, muy entristecida, me dijo; «¡Oh dueño mío, no me abrases el corazón! Levanta un poco la cabeza hacia mí, te lo ruego, ¡ojo de mi vida! y dime lo que te ha ocurrido. ´Porque adivino en tu rostro muchas cosas.» Pero yo le dije: «¡Por favor! Ahórrame la pena de contestarte.» Y ella, echándose a llorar, replicó: «¡Ya veo que te cansaste de mí, pues no estás conmigo, como de costumbre!» Y derramó abundantes lágrimas mezcladas con suspiros, y de cuando en cuando interrumpía sus lamentos para dirigirme preguntas, que quedaban sin respuesta; y así estuvimos hasta la noche. Entonces nos trajeron de comer y nos presentaron los manjares, como solían. Pero yo me guardé bien de aceptar, pues me habría avergonzado coger los alimentos con la mano izquierda, y temía que me preguntase el motivo de ello. Y por tanto, exclamé: «No tengo ningún apetito ahora.» Y ella dijo: «Ya ves como tenía razón. Entérame de lo que te ha pasado, y por qué estás tan afligido y con luto en el alma y en el corazón.» Entonces acabé por decirle: «Te lo contaré todo, pero poco a poco, por partes.» Y ella, alargándome una copa de vino, repuso: «¡Vamos, hijo mío! Déjate de pensamientos tristes. Con esto se cura la melancolía. Bebe este vino, y confíame la causa de tus penas.» Y yo le dije: «Si te empeñas, dame tú misma de beber con tu mano.» Y ella acercó la copa a mis labios, inclinándola con suavidad, y me dio de beber. Despues la llenó de nuevo, y me la acercó otra vez. Hice un esfuerzo, tendí la mano izquierda y cogí la copa. Pero no pude contener las lágrimas y rompí a llorar.
Y cuando ella me vio llorar, tampoco pudo contenerse, me cogió la cabeza con ambas manos, y dijo., ¡Oh, por favor! ¡Dime el motivo de tu llanto! ¡Me estás abrasando el corazón! ¡Dime también por qué tomaste la copa con la mano izquierda.» Y yo le contesté: «Tengo un tumor en la derecha.


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