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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.143

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Realmente, le volvimos mal por bien.» Y el eunuco respondio: «Escucha y obedezco.»
Entonces Agib y el eunuco abandonaron el campamente, porqué Agib obraba con un ciego impulso, como movido por un cariño filial inconsciente. Llegados a la ciudad, anduvieron por todos los zocos hasta que encontraron la pastelería. Y era la hora en que los creyentes marchaban a la mezquita de los Bani-Ommiau para la oración del asr.
Y precisamente en dicho momento estaba Hassán Badreddin en su tienda, ocupado en confeccionar el nusmo plato delicioso de la otra vez: granos de granada con almendras, azúcar y perfumes en su punto. Y entonces, Agib pudo observar al pastelero, y ver en su frente la cicatriz de la pedrada con que le había herido. Y se le enterneció más, el corazón, y le dijo. «¡Oh pastelero, la paz sea contigo! El interés que me inspiras me hace venir a saber de tí. ¿No me recuerdas?» Y apenas lo vio Hassán, se le conmovieron las entrañas, le palpitó el corazón desordenadamente, abatió la cabeza hacia el suelo, y su lengua, pegada al paladar, le impedía decir palabra. Por fin hubo de levantar la vista hacia el muchacho, y sumisa y humildemente recitó estas estrofas:

¡Pensé reconvenir a mi amante, pero en cuanto le vi lo olvidé todo, y no pude dominar mi lengua ni mis ojos!
¡He callado y bajé los ojos ante su apostura imponente y altiva, y quise disimular lo que sentía, pero no lo pude conseguir!
¡He aquí cómo, después de haber escrito pliegos y pliegos de reconvenciones, al hallarle ante mí iré, fue imposible leer ni una palabra!

Luego añadió: «¡Oh mis señores! ¿Queréis entrar sólo por condescendencia y probar este plato? Porque, ¡por Alah! apenas te he visto, ¡,áh lindo muchacho! mi corazón se ha inclinado hacia tu persona, cómo la otra vez. Y me arrepiento de haer cometido la locura de seguirte.» Y Agib contestó: «¡Por Alah, que eres un amigó peligroso! Por unos dulces que nos diste, estuvo en poco que nos comprometieras. Pero ahora no entraré, ni comeré nada en tu casa, como no jures que no saldrás detrás de nosotros como la otra vez. Y sabe que de otra manera nunca volveremos aquí, porque vamos a pasar toda la semana en Damasco, a fin de que mi abuelo pueda comprar regalos para el sultán.» Entonces Badreddin exclamó: ¡Lo juro ante vosotros!» Y en seguida Agib y el eunuco entraron en la tienda, y Badreddin les ofreció al instante una terrina de granos de granada, su deliciosa especialidad. Y Agib le dijo: «Ven, y come con nosotros. Y así puede que Alah conceda el éxito a nuestras pesquisas.» Y Hassán se sintió muy feliz al sentarse frente a ellos. Pera no dejaba ni un instante de contemplar a Agib: Y lo miraba de un modo tan extraño y persistente, que Agib, cohibido, le dijo: «¡Por Alah! Ya te lo dije la otra vez. No me mires de esa manera, pues parece que quieras devorar mi cara con tus ojos.


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