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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.142

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. Y allí dejaba transcurrir entre lágrimas su vida, y allí, extenuada por el dolor, abatía la cabeza aguardando la muerte.
Al llegar junto a la puerta, Chamseddin oyó a su cuñada, que con voz doliente recitaba estos versos:

¡Oh tumba! ¡Dime, por Alah, si han desaparecido la hermosura y los encantos de mi amigo! ¿Se desvaneció para siempre el magnífico espectáculo de su belleza?
¡Oh tumba! No eres seguramente el jardín de las delicias ni el elevado cielo; pero dime, ¿cómo veo resplandecer dentro de ti la luna y florecer el ramo?

Entonces entró el visir Charnseddin saludó a su cuñada con el mayor respeto y la enteró de que era el hermano de su esposo Nureddin. Después le refirió toda la historia, haciéndole saber que Hassán, su hijo, había estado una noche con su hija Sett El-Hosn y había desaparecido por la mañana, y Sett El-Hasn quedó preñada y parió a Agib. Después añadió: «Agib ha venido conmigo. Es tu hijo, por ser el hijo de tu hijo y mi hija.»
La viuda, que hasta aquel momento había estado sentada, como una mujer de riguroso luto que renuncia a los usos sociales, al saber que vivía su hijo y que su nieto estaba allí y tenía delante a su cuñada el visir de Egipto, se levantó apresuradamente, y se cho a los pies de Charrmseddin, besándoselos, y recitó en honor suyo estas estrofas:

¡Por Alah! ¡Colma de beneficios a aquel que acaba de anunciarme esta nueva feliz, pues para mí es la noticia más dichosa y mejor de cuantas pueden oírse!
¡Y si le agradan los regalos, puedo hacerle el de un corazón desgarrado por las ausencias!

El visir ordenó que buscasen en seguida a Agib, y cuando éste se presentó, su abuela se abrazó a él llorando. Y Chamseddin le dijo; «¡Oh mi señora! No es el momento de llorar, sino de que prepares tu viaje a Egipto en compañía de nosotros. ¡Y quiera Alah reunirnos con tu hijo y sobrino mío Hassán!» Y la abuela de Agib respondió: «Escucho y obedezco.» Y en el mismo instante fue a disponer todas las cosas necesarias, y los víveres, y toda su servidumbre, no tardando en hallarse dispuesta.
Entonces el visir Chamseddin fue a despedirse del sultán de Bassra. Y el sultán le entregó muchos regalos para él y para el sultán de Egipto. Después, Chamseddin, las dos damas y Agib emprendieron la marcha acompañados de toda su séquito.
Y no se detuvieron hasta llegar nuevamente a Damasco. Hicieran alto en la plaza de Kánun, armaron las tiendas, y el visir dijo: «Ahora nos detendremos en Damasco toda una semana, para tener tiempo de comprar regalos como se los merece el sultán de Egipto.»
Y mientras el visir recibía a los ricos mercaderes que habían acudido para ofrecerle sus géneros, Agib dijo, al eunuco: «Babá Said, tengo ganas de distraerme un rato. Vámonos al zoco para saber qué novedades hay y qué le ocurrió a aquel pastelero cuyos dulces nos cominos, y teniendo que agradecerle su hospitalidad le pagamos partiéndole la cabeza de una pedrada.


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