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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.137

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Después prosiguió en sus sollozos. Y Agib, viendo llorar a su madre, se echó a llorar también. Y mientras los dos estaban llorando, entró en la habitación el visir Chamseddin, que había oído los llantos y las voces. Y al ver cómo lloraban, se le oprimió el corazón, y dijo muy alarmado: «Hijos míos, ¿por qué lloráis así?» Entonces Sett El-Hosn le refirió la aventura de Agib con los chicos de la escuela. Y el visir, al oírla, se acordó de lodas las desventuras pasadas, las que le habían ocurrido a él, a su hermano Nureddin, a su sobrino Hassán Badreddin, y por último a su nieto Agib, y al reunir todos estos recuerdos no pudo menos de llorar también. Y se fue muy desesperado en busca del emir, y le contó lo que pasaba, diciéndole que aquella situación no podía durar, ni por su buen nombre ni por el de sus hijos; y le pidió su venia para partir hacia los países de Levante, y llegar a la ciudad de Bassra, en donde pensaba encontrar a su sobrino Hassán Badreddin. Rogó asimismo que el sultán le escribiera unos decretos que le permitiesen realizar por los países las gestiones necesarias para encontrar y atraerse a su sobrino. Y como no cesaba en su amargo llanto, se enterneció el sultán y le concedió los decretos. Y después de darle gracias mil veces y hacer votos por su engrandecimiento, prosternándose ante él y besando la tierra entre sus manos, el visir se despidió. Inmediatamente hizo los preparativos para la marcha y partió con su hija Sett El-Hosn y con Agib.
Anduvieron el primer día y el segundo y el tercero, y así sucesivamente, en dirección a Damasco, y por fin llegaron sin dificultad a Damasco. Y se detuvieron cerca de las puertas, en el meidán de Hasba, donde armaron sus tiendas para descansar dos días antes de seguir el camino. Y les pareció Damasco una ciudad admirable, llena de árboles y aguas corrientes, siendo en realidad como la cantó el poeta:

¡He pasado un día y una noche en Damasco! ¡Damasco! ¡Su creador juró no hacer en adelante nada parecido!
¡La noche cubre amorosamente a Damasco con sus alas! ¡Y cuando llega el día, tiende por encima la sombra de sus árboles frondosos!
¡El rocío en las ramas de estos árboles no es rocío, sino perlas, perlas que caen como copos de nieve a merced de la brisa que las empuja!
¡En sus bosques luce la Naturaleza todas sus galas: el ave da su lectura matutina; el agua es como una página blanca abierta; la brisa responde y escribe lo que dicta el ave, y las blancas nubes derraman gotas para la escritura!

La servidumbre del visir fue a visitar la ciudad y sus zocos para comprar lo que necesitaban y vender las cosas traídas de Egipto. Y no dejaron de bañarse en los hammams famosos, y entraron en la mezquita de los Bani-Ommiah, situada en el centro de la población, y que no tiene igual en todo el mundo.


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