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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.101

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Además, eres joven todavía, y temo que sus maldiciones caigan sobre ti.» Y luego rompió a llorar, y continuó en sus súplicas para convencerle, hasta que él dijo: «¡Basta! Gracias a ti no la mato; pero la he de señalar de tal modo, que conserve las huellas todo el resto de su vida.»
Entonces ordenó algo a los negros, e inmediatamente me quitaron la ropa, dejándome toda desnuda. Y él con una rama de membrillero me fustigó toda, con preferencia el pecho, la espalda y las caderas, tan recia y furiosamente, que hube de desmayarme, perdida ya toda esperanza de sobrevivir a tales golpes. Entonces cesó de pegarme, y se fue, dejándome tendida en el suelo, mandando a los esclavos que me abandonasen en aquel estado hasta la noche, para transportarme después a mi antigua casa, a favor de la obscuridad. Y los esclavos lo hicieron así, llevándome a mi antigua casa, como les había ordenado su amo.
Al volver en mí, estuve mucho tiempo sin poder moverme, a causa de la paliza; luego me aplicaron varios medicamentos, y poco a poco acabé por curar; pero las cicatrices de los golpes no se borraron de mis miembros ni de mis carnes, como azotadas por correas y látigos. ¡Todos habéis visto sus huellas!
Cuando hube curado, después de cuatro meses de tratamiento, quise ver el palacio en que fue víctima, de tanta violencia; pero se hallaba completamente derruido, lo mismo que la calle donde estuvo, desde uno hasta el otro extremo. Y en el lugar de todas aquéllas maravillas no había más que montones de basura acumulados por las barreduras de la ciudad. Y a pesar de todas mis tentativas, no conseguí noticias de mi esposo.
Entonces regresé al lado de Fahima que seguía soltera, y ambas fuimos a visitar a Zobeida, nuestra hermanastra, que te ha contado su historia y la de sus hermanas convertidas en perras. Y ella me contó su historia y yo le conté la mía, después de los acostumbrados saludos. Y mi hermana Zobeida me dijo: «¡Oh hermana mía! nadie está libre de las desgracias de la suerte. ¡Pero gracias a Alah, ambas vivimos aún! ¡Per~ manezeamos juntas desde ahora! ¡Y sobre toda que no se pronuncie siquiera la palabra matrimonio!»
Y nuestra hermana Fahima vive con nosotras. Tiene el cargo de proveedora, y baja al zoco todos, los días para comprar cuanto necesitamos; yo tengo la misión de abrir la puerta a los que llaman y de recibir a nuestros convidados, y Zobeida, nuestra hermana mayor, corre con el peso de la casa.
Y así hemos vivido muy a gusto, sin hombres, hasta que Fahima nos trajo al mandadero cargado con una gran cantidad de cosas, y le invitamos a descansar en casa un momento. Y entonces entraron los tres saalik, que nos contaron sus historías, y en seguida vosotros, vestidos de mercaderes. Ya sabes, pues, lo que ocurrió y cómo nos han traído a tu poder, ¡oh príncipe de los Creyentes!
¡Esta es mi historia!»


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