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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.51

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«¡He elegido una mujer para poner en ella mis pensamientos, mis pensamientos que reflejan su imagen! ¡Si expulsara esa imagen, se consumirían mis entrañas con un fuego devorador!
«¡Si la vierais, me disculparíais! ¡Porque el mismo Alah cinceló esa joya con el licor de la vida; y con lo que quedó de ese licor fabricó la granada y las perlas!»
Y me dicen: «¿Pero encuentras en el objeto amado otra cosa que lágrimas, peñas y escasos placeres?
¿No sabes que al mirarte en el agua límpida sólo verás tu sombra? ¡bebes de un manantial cuya agua sacia antes de ser saboreada!»
Y yo contesto: «¡No creáis que bebiendo se ha apoderado de mí la embriaguez, sino sólo mirando! ¡No fue preciso más; esto bastó para qué el sueño huyera por siempre de mis ojos!
«¡Y no son las cosas pasadas las que me consumen, sino solamente el pasado de ella! ¡No son las cosas amadas de que me separé las que me han puesto en este estado, sino solamente la separación de ella!
«¿Podría volver mis miradas hacia otra, cuando toda mi alma está unida a su cuerpo perfumado a sus aromas de ámbar y almizcle?»

Cuando acaba de cantar, su hermana le dijo: «¡Ojalá te consuele Alah, hermana mía!» Pero tal aflicción se apoderó de la joven portera, que se desgarró las vestiduras y cayó desmayada en el suelo.
Pero al caer, como una parte de su cuerpo quedó descubierta, el califa vio en él huellas de latigazos y várazos, y se asombró hasta el límite del asombro. La proveedora roció la cara de su hermana, y luego que recobró el sentido, le trajo un vestido nuevo y se lo puso.
Entonces el califa dijo a Giafar: ¿No te conmueven estas cosas? ¿No has visto señales de golpes en el cuerpo de esa mujer? Yo no puedo callarme, y no descansaré hasta descubrir la verdad de todo esto, y sobre todo, esa aventura de las dos perras.» Y el visir contestó: «¡Oh mi señor, corona de mi cabeza! recuerda la condición que nos impusieron: No hables de lo que no te importe, si no quieres oír cosas que no te gusten.»
Y mientras tanto, la proveedora se levantó, cogió el laúd; lo apoyó en su redonda seno, y se puso a cantar:

¿Qué responderíamos si vinieran a darnos quejas de amor? ¿Qué haríamos si el amor nos dañara?
¡Si confiáramos a un intérprete que respondiese en nuestro nombre, este intérprete no sabría traducir todas las quejas de un corazón enamorado!
¡Y si sufrimos con paciencia y era silencio en ausencia del amado, pronto nos pondrá el dolor a las puertas de la muerte!
¡Oh dolor!` ¡Para npsotros sólo hay penas y duelo: las lágrimas resbalan por las mejillas!
Y tú, querido ausente, que has huido de las miradas de mis ojos cortando las lazos que te unían a mis entrañas.
Di, ¿conservas algún recuerdo de nuestro amor pasado, una huella, pequeña que dure a pesar del tiempo?


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