Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.50
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Las otras dos hermanas llamaron al mandadero, y le dijeron: «¡Por Alah! ¡Cuán poco nos ayudas! Cuenta que no eres un extraño, sino de la casa.» Y entonces el mozo se levantó, se remangó la túnica, y apretándose el cinturón, dijo: «Mandad y obedeceré.» Y ellas contestaron: «Aguarda en tu sitio.» Y a los pocos momentos le dijo la proveedora: «Sígueme, que podrás ayudarme.»
Y la siguió fuera de la sala, y vio las perras de la especie de las perras negras, que llevaban cadenas al cuello. El mandadero las cogió y las llevó al centro de la sala. Entonces la mayor de las hermanas se remangó el brazo, cogió un látigo, y dijo al mozo: «Trae aquí una de esas perras.» Y el mandadero, tirando de la cadena del animal, le obligó a acercarse, y la perra se echó a llorar y levantó la cabeza hacia la joven. Pero ésta, sin cuidarse de ello, la tumbó a sus pies, y empezó a darle latigazos en la cabeza, y la perra chillaba y lloraba, y la joven no la dejó de azotar hasta que se le cansó el brazo. Entonces tiró el látigo, cogió a la perra en brazos, la estrechó contra su pecho, le seco las lágrimas y la besó en la cabeza, que le tenía cogida entre sus manos. Después dijo al mandadero: «Llévatela, y tráeme la otra.» Y el mandadero trajo la otra, y la joven la trató lo mismo que a la primera.
Entonces el califa sintió que su corazón se llenaba de lástima y que el pecho se le oprimía de tristeza, y guiñó el ojo al visir Giafar para que interrogase sobre aquello a la joven, pero el visir le respondió por señas que lo mejor era callarse.
En seguida la mayor de las doncellas se dirigió a sus hermanas, y les dijo: «Hagamos lo que es nuestra costumbre.» Y las otras contestaron: «Obedecemos.» Y entonces se subió al lecho, chapeado de plata y de oro, y dijo a las otras dos: «Veamos ahora lo que sabéis.» Y la más pequeña se subió al lecho, mientras que la otra se marchó a sus habitaciones y volvió trayendo una bolsa de raso con flecos de seda verde; se detuvo delante de las jóvenes, abrió la bolsa y extrajo de ella un laúd. Después se lo entregó a su hermana pequeña, que lo templó, y se puso a tañerlo, cantando estas estrofas con una vez sollozante y conmovida:
¡Por piedad! ¡Devolved a mis párpados el sueño que de ellos ha huido! ¡Decidme dónde ha ido a parar mi razón!
¡Cuando permití que el amor penetrase en mi morada, se enojó conmigo, el ceño y me abandonó?
Y me preguntaban: «¿Qué has hecho: para verte así, tú que eres de los que recorren el camino recto y seguro? ¡Dinos quién te ha extraviado de ese modo!»
Y les dije; «¡No seré yo, sino ella, quiera os responda! ¡Yo sólo puedo deciros que mi sangre, toda mi sangre, le pertenece! ¡Y siempre he de preferir veterla por ella a conservarla torpemente en mí!
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