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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.48

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Página 48 de 443


Cada uno es diferente, pero los tres son tan ridículos de fisonomía, que hacen reír. Si los hiciésemos entrar nos divertiríamos con ellos.» Y sus hermanas aceptaron, «Diles que pueden entrar; pero entérales de que no deben hablar de lo que no les importe, si no quieren oír cosas desagradables.» Y la joven corrió a la puerta, muy alegre, y volvió trayendo a los tres tuertos. Llevaban las mejillas afeitadas, con unos bigotes retorcidos y tiesos, y todo indicaba que pertenecían a la cofradía de mendicantes llamados saalik.
Apenas entraron, desearon la paz a la concurrencia, las jóvenes se quedaron de pie y los invitaran a. sentarse. Una vez sentados, los saalik miraron al mandadero, y suponiendo que pertenecía a su cofradía, dijeron: «Es un saalik como nosotros, y podrá hacernos amistosa compañía.» Pero el mozo, que los había oído, se levantó de súbito los miró airadamente, y exclamó: «Dejadme en paz, que para nada necesito vuestro afecto. Y empezad por cumplir lo que veréis escrito encima de esa puerta.» Las doncellas estallaron de risa al oír estas palabras, y se decían: «Vamos a divertirnos con este mozo y los saalik.» Después ofrecieron manjares a los saalik, que los comieron muy gustosamente. Y la más joven les ofreció de beber, y los saalik bebieron uno tras otro. Y cuando la copa estuvo en circulación, dijo el mandadero: «Hermanos nuestros, ¿lleváis en el saco alguna historia o alguna maravillosa aventura con qué divertirnos?» Estas palabras los estimularon, y pidieron que les trajesen instrumentos. Y entonces la más joven les trajo inmediatamente un pandero de Mussul adornado con cascabeles, un laúd de Irak y una flauta de Persia. Y los tres saalik se pusieron de pie, y uno cogió el pandero, otro el laúd y el tercero la flauta. Y los tres empezaron a tocar, y las doncellas los acompañaban con sus cantos. Y el mandadero se moría de gusto, admirando la hermosa voz de aquellas mujeres.
En este momento volvieron a llamar a la puerta. Y como de costumbre, acudió a abrir la más joven de las tres doncellas.
Y he aquí el motivo de que hubiesen llamado:
Aquella noche, el califa Harún Al-Rachid había salido a recorrer la ciudad, para ver y escuchar por si mismo cuanto ocurriese. Le acompañaba su visir Giafar-Al-Barmaki y el porta-alfanje Masrur, ejecutor de sus justicias. El califa en estos casos acostumbraba a disfrazarse de mercader.
Y paseando por las calles había llegado frente a aquella casa y había oído los instrumentos y los ecos de la fiesta. el califa dijo al visir Giafar: «Quiero que entremos en esta casa para saber qué son esas voces.» Y el visir Giafar replicó: «Acaso sea un atajo de borrachos, y convendría precavernos por si nos hiciesen alguna mala partida.» Pero el califa dijo: «Es mi voluntad entrar ahí. Quiero que busques la forma de entrar y sorprenderlos.» Al oír esa orden, el visir contestó: «Escucho y obedezco.» Y Giafar avanzó llamó a la puerta. Y al momento fue a abrir la más joven de las tres hermanas.


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