Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.16
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El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: «¿Es verdad todo eso?» Y la mula movió la cabeza como afirmando: «Sí, sí; todo es verdad.»
Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y de placer, hizo gracia al anciano del último tercio de la sangre.
En aquel momento Schahrazada vio aparecer la mañana, y discretamente dejó de hablar, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: «¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán amables y cuán deliciosas son en su frescura tus palabras!» Y Schahrazada contestó: «Nada es eso comparado con lo que te contaré la noche próxima, si vivo aún y el rey quiere conservarme.» Y el rey se dijo: «¡Por Alah! no la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso.»
Entonces el rey marchó a la sala de justicia. Entraron el visir y los oficiales y se llenó el diván de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dio órdenes hasta el fin del día. Luego se levantó el diván y el rey volvió a palacio.
Y CUANDO LLEGÓ LA TERCERA NOCHE
Daniazada dijo: «Hermana mía, te suplico que termines tu relato.» Y Schahrazada contestó: «Con toda la generosidad y simpatía de mi corazón.» Y prosiguió después:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que, cuando el tercer jeique contó al efrit el más asombroso de los tres cuentos, el efrit se maravilló mucho, y emocionado y placentero, dijo: «Concedo el resto de la sangre por que había de redimirse el crímen, y dejo en libertad al mercader.»
Entonces el mercader, contentísimo, salió al encuentro de los jeiques y les dio miles de gracias. Ellos, a su vez, le felicitaron por el indulto. Y cada cual regresó a su país.
«Pero -añadió Schahrazada- es más asombrosa la historia del pescador.»
Y el rey dijo a Schahrazada: «¿Qué historia del pescador es esa?»
Y Shahrazada dijo:
HISTORIA DEL PESCADOR Y DEL EFRIT
«He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que había un pescador, hombre de edad avanzada, casado, con tres hijos y muy pobre.
Tenía por costumbre echar las redes sólo cuatro veces al día y nada más Un día entre los días, a las doce de la mañana, fue a orillas del mar, dejó en el suelo la cesta, echó la red, y estuvo esperando hasta que llegara al fondo. Entonces juntó las cuerdas y notó que la red pesaba mucho y no podía con ella. Llevó el cabo a tierra y lo ató a un poste. Después se desnudó y entró en el mar, maniobrando en torno de la red, y no paró hasta que la hubo sacado. Vistióse entonces muy alegre y acercándose a la red, encontró un borrico muerto. Al verlo, exclamó desconsolado: «¡Todo el poder y la fuerza están en Alah, el Altísimo y el Omnipotente!» Luego dijo: «En verdad que este donativo de Alah es asombroso.» Y recitó los siguientes versos:
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