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Las Mil y Una Noches (Anónimo) - pág.11

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En este punto de su narración, vio Scháhrazada que iba a amanecer, y se calló discretamente, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras llenas de delicia!» Schahrazada contestó: «Pues nada son comparadas con lo que os podría contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere conservarme.» Y el rey dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré hasta que haya oído la continuación de su historia.»
Luego marchó el rey a presidir su tribunal. Y vio llegar al visir, que llevaba debajo del brazo un sudario para Schahrazada, a la cual creía muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió administrando justicia, designando a unos para los empleos, destituyendo a otros, hasta que acabó el día. Y el visir se fue perplejo, en el colmo del asombro, al saber que su hija vivía.
Cuando hubo terminado el diván, el rey Schalhriar volvió a su palacio.

Y CUANDO LLEGÓ LA SEGUNDA NOCHE

Doniazada dijo a su hermana Schahrazada:- «¡Oh hermana mía! Te ruego que acabes la historia del mercader y el efrit « Y Schahrazada respondió: «De todo corazón y como debido homenaje, siempre que el rey me lo permita.» Y el rey ordenó: «Puedes hablar.»
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas! que cuando el mercader vio llorar al ternero, se enterneció su corazón, y dijo al mayoral: «Deja ese ternero con el ganado.»
Y a todo esto, el efrit se asombraba prodigiosamente de esta historia asombrosa. Y el jeique dueño de la gacela prosiguió de este modo:
«¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando, y decía: «Debemos sacrificar ese ternero tan gordo.» Pero yo, por lástima, no podía decidirme, y mandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.
El segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me dijo:. «¡Oh amo mío! Voy a enterarte de algo que te alegrará. Esta buena nueva bien merece una gratificación.» Y yo le contesté: «Cuenta con ella.» Y me dijo: «¡Oh mercader ilustre! Mi hija es bruja, pues aprendió la brujería de una vieja que vivía con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo vio, cubrióse con el velo la cara, echándose a llorar, y después a reir. Luego me dijo: «Padre, ¿tan poco valgo para ti que dejas entrar hombres en mi aposento?» Yo repuse: «Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por qué lloras y ríes así?» Y ella me dijo: «El ternero que traes contigo es hijo de nuestro amo el mercader, pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado, y a su madre con él. Me he reído al verle bajo esa forma de becerro. Y si he llorado es a causa de la madre del becerro, que fue sacrificada por el padre.


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