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Las Estaciones: Cuentos para niños y niñas (Julia de Asensi) - pág.48

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Nuño, que llevaba en sus brazos a la tierna criatura, no alcanzó igual
suerte. A la niña, a la encantadora Cristina, era a la que más perseguía
el primo de su padre que esperaba para su descendencia el título y los
bienes del ducado de Roble.
Nuño corría sin descanso por lo más espeso de la selva burlando la
vigilancia de sus enemigos, pero no tardó en sentirse cansado y sin
fuerzas para seguir su camino. Había llegado a un pueblo; a su derecha se
veía un muro de regular altura, a su izquierda algunas miserables casas.
Aún algo lejos se oía el galope de varios [94] caballos. El escudero saltó
la tapia sin dejar su preciosa carga y se encontró en un jardín con altos
árboles. Depositó a la niña al pie de uno y luego cayó sin sentido.
Cristina, asustada, no se atrevió al pronto a hacer ningún movimiento; se
había dado exacta cuenta del peligro que corría. Oyó pasar a sus
perseguidores que seguramente creían que habían continuado ella y Nuño el
camino sin detenerse, luego se aproximó al servidor y advirtió que estaba
herido; sin duda le había alcanzado un dardo al salir del castillo y el
pobre escudero había perdido ya mucha sangre cuando quedó desvanecido.
Aquel jardín debía de tener dueños; éstos no serían tan malvados que
se negaran a socorrer a un pobre herido. Así pensó la niña, que era
valiente como su padre, y a pesar de la obscuridad que reinaba, echó a
andar por el jardín en busca de la casa. Era por demás extraño cuanto la
rodeaba. Los árboles altos, tristes, proyectaban una melancólica sombra;
de vez en cuando veía anchas losas, algunas rodeadas de verjas, luego unas
galerías no muy elevadas sin puertas y con lo que ella suponía ventanas
cerradas herméticamente; por último divisó entre piedras y hierbas muchas
lucecillas que flotaban cerca del suelo o corrían por el aire, luces
pálidas y misteriosas que infundían el pavor de lo sobrenatural y lo


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