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Las Estaciones: Cuentos para niños y niñas (Julia de Asensi) - pág.44

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castigo que no tardaría en llegar.
-¿No me has oído, muchacha? Preguntó Cifuentes con alguna
impaciencia.
-Señor, balbuceó la niña, es que el racimo...
-¿Qué ha pasado?
-No lo sé, pero no está aquí ya.
-¿Te lo has comido?
-No, señor.
-¿Jurarías que no lo has probado?
No, Dolores no podía jurar eso, porque harto sospechaba que las uvas
que le había dado Antonio eran del gran racimo. Bajó la cabeza y no
contestó.
-Quítate de mi vista, gritó Cifuentes, y que no te vuelva ya a
encontrar por aquí. Has sido mala, desobediente, porque yo te había dicho
que no tocases a esas uvas, ladrona, porque no eran tuyas... Discúlpate,
discúlpate al menos...
La niña no contestó; lloraba silenciosamente limpiando sus lágrimas
que quería ocultar a su amo.
-¡Ya viene Su Ilustrísima! Dijo un criado de Andrés.
Este echó a correr para ver llegar al Obispo. Todas las vendimiadoras
le siguieron, sólo Dolores se quedó en aquel mismo sitio sin atreverse a
dar un paso. [87]

[88]
El recibimiento hecho al prelado fue brillantísimo y él entró en su
pueblo natal lleno de emoción y de dulce alegría. Allí habían vivido sus
padres, allí había pasado los risueños años de su infancia, de aquel
poético rincón había partido para seguir los estudios a que le llevaron su
decidida vocación. Encontraba muchos antiguos camaradas, echaba
bendiciones a todos y la multitud se apresuraba a besarle el anillo y a
darle la bienvenida.
Entró en la iglesia bajo palio, permaneció en ella un gran rato y
luego fue a casa de Cifuentes donde le habían preparado su alojamiento por
ser el que reunía mejores condiciones.
Al sentarse a la mesa notó Andrés que faltaban las uvas en los
fruteros.
-Tenía para Su Ilustrísima, dijo al prelado, un racimo como no había
otro igual...
-No te importe si ya no lo tienes, le interrumpió el Obispo, las uvas
no me gustan. ¡Como he comido tantas aquí de pequeño! Mañana me darás


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