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Las Estaciones: Cuentos para niños y niñas (Julia de Asensi) - pág.38

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instante a un colegio que creo que tú pagas...
-Sí, interrumpió D. Mario, y dije que pusieran el importe a mi cuenta
y ya lo habrá abonado tu padre.
-En el colegio, continuó la niña, han tratado con dulzura a León y
aseguran que el chico no parece el mismo que antes. Cuentan que algunas
[76] veces, vigilándole de lejos, le han dejado bajar solo al jardín y que
no ha vuelto a coger a los pajaritos en los nidos para matarlos ni a
destruir los hormigueros. Al contrario, les ha echado migas de pan y se ha
complacido viendo cómo los padres de los pajarillos se llevaban las más
grandes en sus picos para dárselas a sus crías y cómo las más pequeñas las
metían en sus casas las hormigas.
-¿Y el otro niño? Preguntó el anciano.
-Jacinto, respondió Rafael, es ya amigo nuestro, se ha vuelto muy
bueno y llora cuando recuerda el daño que hizo en otro tiempo a los
animales y el destrozo que causó en las plantas.
-Nosotros no queremos que hable de eso, objetó Mercedes.
-Pero él se empeña en hacerlo para castigarse, añadió Rafael.
Y no se trató más de este asunto.
Siguieron su paseo, entreteniéndose los niños en pisar las hojas
secas. A cada instante encontraban, con cargas de leña, hombres que les
daban las buenas tardes y proseguían su camino con la tranquilidad de
conciencia del que sabe que está autorizado a llevar a su hogar pobre y
frío lo que ha de prestarle bienestar y calor.
El anciano permitía a los infelices campesinos [77] que lo hicieran y
eran muchas las bendiciones que sobre él caían por tan singular beneficio.
Al pie de un montecillo encontraron a un niño de diez a doce años que
rendido sin duda por una larga caminata y no pudiendo resistir el peso de
la leña, había dejado caer ésta en el suelo y apoyando en ella la cabeza,
hermosa y curtida por los rayos del sol y el aire, dormía profundamente.


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